“Usted será nuncio y diplomático porque luce el anillo papal, pero usted no es un pastor. Y yo a usted le respetaré siempre que sea un pastor”
La primera vez que vi a Pedro Casaldáliga fue en Roma hace más de 20 años, junto con Enrique Miret Magdalena. Pedro nos contó que venía en visita pastoral a ver al papa Juan Pablo II porque le preocupaba la difícil situación que vivía con el Pontífice debido a falta de entendimiento que mantenía con la Santa Sede por su manera de afrontar su misión en Brasil. Recuerdo que llegaba al Vaticano sin ropa apropiada para ver al Papa: sin traje ni sotana. La única pieza que llevaba puesta y que representaba su posición en Brasil era un anillo hecho con un hilo negro. Ese fino cordel nos hablaba a todos de los poderes que él mantenía en su diócesis. Nos contó que finalmente tuvieron que dejarle una sotana para ver a Juan Pablo II y nos relató con detalles la charla, de casi dos horas, que había mantenido con él, quien le recriminó su forma de entender la práctica de su evangelización.
Allí estaba aquel obispo, delante de mí, relatándome su experiencia: Un hombre delgado, santo, con una mirada profunda, que sabía y hablaba de Dios. Me impresionó mucho porque era como ver a un Cristo viviente. Cuando terminó de hablar, antes de despedirnos, me hice una foto con él. La conservo en el despacho y en la iglesia de San Antón, pero la verdad es que la llevo conmigo siempre porque me quedó grabada en la retina. Después de aquella visita al Vaticano, Pedro Casaldáliga no volvió nunca más a España, ni regresó a su pueblo natal de Balsareny, en Barcelona.
Por aquél entonces, Pedro era Obispo de Sâo Felix do Araguaia y su diócesis una de las más extensas del país, aunque su peculiaridad no era la de ser la más grande sino la de estar poblada en su mayoría por los indígenas más pobres de Brasil. Casaldáliga para mí es un héroe. Es uno de esos hombres-cristo auténticos, de los que creen en Dios pero sobre todo en los hombres; que se ha jugado su propia vida varias veces por defender los derechos de los más desfavorecidos y por estar al lado de los que le necesitan y evitar que los terratenientes les arrebatasen sus pequeños trozos de tierra, lo único que tenían allí, en medio de la selva. Pedro no sólo ha evangelizado a aquellas personas con el bautismo y la doctrina cristiana, además les ha otorgado la dignidad de ser hombres. Los terratenientes y algunos políticos de Brasil han intentado varias veces expulsarle pero él ha aguantado como un héroe. Atentaron varias veces contra su vida e incluso asesinaron a uno de sus compañeros al confundirle con él. Pero allí siguió, haciendo lo que él pensaba que debía hacer.
El mayor valor de Casaldáliga para mí es su testimonio, que es el de un cura, el de un obispo que vive como un pobre, por y para los pobres, y que se ha jugado la vida por ellos sin importarle la propia. Este testimonio vivo es el que debe emocionarnos a cada uno de nosotros. Pedro Casaldáliga es un santo en la tierra. No sé si le canonizarán el día que marche de este mundo, pero sin duda es un ejemplo de vida para mí y le seguiría a cualquier parte. Verle, tocarle y estar con él es como una bendición del Señor. Nunca me imaginé cómo podrían ser los Santos, pero si me los imagino, pienso en Pedro.
Hace menos de un año decidí ir a visitarle a Brasil porque no quería que se fuera para el otro mundo sin despedirle, sin bendecirle y sin que me bendijera. Estuve con él unos días en su casa, allá en la selva, aislado de todo, en una vivienda muy pobre a la que llegamos después de pasar muchas peripecias en aviones, barcas y largas caminatas. Aquí está el palacio de Pedro Casaldáliga, pensé cuando llegué allí.