Eva Perón fue una de las figuras políticas más relevantes en la historia de Argentina. Luchó incansablemente por paliar las desigualdades sociales que vivió la sociedad de su época, hasta que una enfermedad pudo con ella: el cáncer de útero. Con tan solo 26 años fue nombrada primera dama al cansarse con Juan Perón, pero siete años más tarde, el 26 de julio de 1952, falleció.
Desde ese momento empezaron a suceder extraños episodios con su cuerpo. El doctor Pedro Ara la embalsamó tras un año, pero poco tiempo después su marido Juan fue exiliado. Pasó a presidir el país Aramburu, y decidió que el cuerpo debía desaparecer, y mandó al coronel Mori-Koenig, jefe del servicio de inteligencia del ejército, a secuestrar el cadáver la noche del 22 de diciembre de 1955. Más tarde, Héctor Cabanillas le relevó en el cargo y comandó la 'Operación Evasión' en abril de 1957; hicieron pasar el cuerpo de Evita por el de María Maggi de Magistris, una viuda italiana, y se embarcó en un navío con dirección a Milán.
María Maggi de Magistris volvería a llamarse Eva Perón el 3 de septiembre de 1971, fecha en la que llegó a Madrid –concretamente a la residencia de Perón, en Puerta de Hierro, por 3 años– tras un largo periplo por Italia, Francia y la propia España. Sin embargo, el exlíder acusó, tras comprobar su estado, a guardias y marinos de haberse ensañado cruelmente con su cuerpo (varios cortes, nariz destrozada, planta de sus pies cubiertas de brea, sin un dedo de la mano).
En 1976, la Junta Militar de Argentina decidió entregarle el cuerpo a la familia. Evita Perón descansaba 19 años más tarde en Buenos Aires, bajo estrictas normas de seguridad: enterrada a 8 metros de profundidad, en una cripta en el cementerio de La Recoleta.