El otro día tras escuchar esta conversación en la calle entre un padre y su hijo, pensé en lo importante que es para nosotros (los adultos) aprender a vivir con ilusión.
Los niños afortunadamente no la aprenden, viven con ella. Los vemos felices, alegres, sueñan que todo es posible y disfrutan los momentos incluso antes de que lleguen. Yo particularmente no sé en qué momento nos hacemos mayores ni el por qué dejamos escapar a la ilusión y decidimos vivir sin ella.
Sin embargo, a todos se nos podrían ocurrir un montón de posibilidades. ¿Cómo no voy a perder la ilusión si la vida me ha demostrado que todo no es posible? ¿Cómo voy a seguir luchando por algo que me está haciendo sufrir? ¿Cómo voy a ir con ilusión a mi trabajo cuando mi jefe me explota? ¿Cómo voy a ir con ilusión a recoger a mi hijo del colegio cuando he cogido un atasco de una hora y media? ¿Cómo voy a ir con la ilusión con la que uno tiene que ir a ver a los pacientes cuando tengo quince más, es sábado y encima hoy doblo?
Pues yendo. Es cierto que la vida no es de color de rosas, y que a veces está plagada de problemas, de decepciones, de injusticias, de sufrimiento, de enfermedades…pero también hay que ser conscientes que lamentablemente en la gran mayoría de los casos no está en nuestra mano cambiar las circunstancias. Por tanto, solo queda aceptarlas y cambiar la actitud frente a ellas.
¿Así? ¿Y entonces? ¿Qué tengo que pensar o decir? ¿Qué mi jefe es el mejor del mundo? ¿Qué me encantan los atascos? ¿Río en vez de llorar?. Pues no, ¡faltaría más que no se nos permitiera quejarnos de vez en cuando o expresar aquello que nos gusta o lo que no!. Pero tras eso y a pesar de las circunstancias yo creo que tenemos que seguir soñando, aprendiendo, disfrutando, riendo, mejorando y por qué no creciendo, sin dejarnos por el camino a la ilusión, es una condición indispensable para ser feliz.
‘’No hay niño que requiera más atención que aquel que un día fuiste’’- Rafael Vidac.