Opinión

La prórroga

Antonio Muñoz | Martes 12 de julio de 2016

Ya está arrinconada en el olvido esta mediocre y triste Eurocopa, menos para Portugal a la que por fin vemos de reojo con justa envidia. Una Eurocopa llena de partidos interminables y tiempos añadidos que parecían castigar a jugadores perezosos, como esos estudiantes que delegan todo para septiembre, quizá recordada por sus violentos avatares e infortunios como si fuera el fin de una dinastía. Así que después de tanta prórroga que hemos soportado con resignada indiferencia y hasta inapetentes, es el momento de centrarnos, ahora sí, en la verdadera prórroga. Esa en la que todos jugamos y nos la jugamos de nuevo con la amenaza de que puedan llegar los penaltis.A ver quién se atreve a tirarlos porque ya hay precedentes de penaltis fallidos como en los estrambóticos cuartos entre Alemania e Italia. ¿Irá por fin finalmente hacia el balón Rajoy dispuesto a lanzar el primero? ¿Se pondrán de acuerdo en el PSOE para elegir al que se dirija nunca mejor dicho al punto fatídico? ¿Lo tirará Rivera a lo Panenka? ¿Acaso Iglesias, reo de UNIDOS PODEMOS, tendrá que recurrir al penalti de Cruyff luego imitado por Messi y Suárez? A saber. Ya nada es como antes. Ni siquiera los veranos. Ese tiempo en el que siempre añoramos algo sin saber muy bien qué. Tal vez a nosotros mismos. O a aquellos años en que las cosas parecían responder a un orden.

Las cosas del verano ocurrían en el verano y nosotros asistíamos a ellas con el regocijo conservado en la inocencia de la niñez. Hoy en día los acontecimientos más populares, antaño lúdicos, han de pasar antes por furiosas turbulencias como esas tormentas de que desarbolan los jardines y las terrazas y los parques y que parecen desatarse como si la naturaleza purificase su sangre antes de volver a su ser. Ocurrió con la citada Eurocopa en días sucesivos, idénticos en su locura en los que individuos semidesnudos y sanguíneos parecían ajustar a saber qué cuentas pendientes o, lo peor, por venir en cualquier esquina del país galo, como si se hubiesen puesto de acuerdo en hacer un simulacro de alguna guerra venidera o conmemorando alguna de antaño, cualquiera de las que desde hace siglos han fustigado a esta Europa que parece exhausta. También aquí y ahora con estos Sanfermines que amenazan con pasar a la historia como los más degradantes. Porque cabe preguntarse si antes ya existía esa violencia machista, acechando en la oscuridad de madrugadas agotadas bajo la hermandad de la fiesta, como un veneno vertido en la bota en la que se congregan a beber las gentes de buena fe. O puede que ocurriese y no nos enterábamos o puede que esto que está pasando también tenga que ver con ese desquiciamiento al que parece dirigirse en demasiadas cosas este mundo.

Julio no es el que era. Ya ni siquiera ganamos el Tour, en otra época una línea dorada que marcaba el verano por el que transitaban ciclistas heroicos como dioses alados. Tampoco el fútbol alivia nuestras heridas pues es el nuestro un ejército en retirada. Casi tienen que ir a por nosotros para rescatarnos como en las playas de Dunkerque, entre bostezos y sin fuerzas para subir al avión. Y sin embargo siguen muriendo toreros en verano, luego ultrajados en este país nuestro tantas veces impío por gente sin corazón que se camufla en esos otros tendidos de la vergüenza de las redes sociales. Como si ser antitaurino no fuese compatible con rezar con los diestros en las capillas a las cinco de la tarde. En Pamplona, los toros han proseguido su eterna y ofuscada carrera. Cegados por el sol de la mañana, inocentes siempre en su furia insomne y su incomprensión. Así que, hoy más que nunca, el fantasma de Hemingway acodado en el café Iruña sigue recitando a John Donne: “…Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta porque me encuentro unido a la humanidad; por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.” Un compatriota suyo, a su vez doliente por esos implacables tiroteos de súbditos a los que, por otra parte, es incapaz de desarmar, dejó tras de sí el rastro fantasmal de una visita como soñada. Sobre todo en Sevilla dónde dejó sin pagar una factura astronómica en horas extras de los cuerpos de seguridad. También a un atónito Rajoy al que parecía haber sacado de la siesta. Una señora lo dijo bien claro en la tele: “Que venga, se vaya y nos deje tranquilos”. Pues eso. Tranquilos y pendientes de la prórroga.

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