Perfectamente arregladitos y relamidos, en fila de a dos, los curas nos llevaban al cine del barrio. Felices y engolfados, agrupados los amigos en las butacas reservadas a cada curso, aplaudíamos y pateábamos las aventuras corsarias que se proyectaban en la pantalla. Los piratas tenían por costumbre abordar los navíos indefensos y quedarse con su cargamento de oro y mujeres guapas. Gritábamos cuando un cañonazo derribaba alguno de los mástiles del mercante atacado y jaleábamos la bravura de los bucaneros que se descolgaban sobre la borda atacada. Siempre ganaban los malos.
Los mayores animaban a los más pequeños y el clamor de berridos y pataletas crecía según avanzaba la película. Ocurría entonces que aquellos ascetas ensotanados se deslizaban por la platea con una linterna encendida en la mano. Ocultos en la penumbra, perplejos y cabreados, alcanzados incluso por algún puntapié en los tobillos, repartían capones y pescozones a diestra y siniestra. Siempre pagaban justos atontados por pecadores experimentados. Así impartían su particular justicia. En eso, como en otras tantas cosas, poco hemos cambiado.
Finalizada la historia, el rótulo “The End” nos anunciaba el final de la fiesta de despedida y el comienzo de las vacaciones estivales. El verano había comenzado, infinito y ancho, cuajado de horas interminables, prometedor y libertino, desnudo de obligaciones y de renuncias, tan imprevisible como esos cuentos ilustrados que guardan en su interior desplegables sorprendentes. Cualquier episodio era posible con solo abrir el libro del verano. Indultados de la rutina escolar, nuestro destino veraniego dependía de las circunstancias familiares que nos rodeaban.
Algunos marchaban al pueblo con los abuelos. En otros casos, el padre se quedaba en Madrid trabajando y era la madre, cargada con toda la parentela, la que se afincaba en algún pueblo de la sierra o de la costa. Los más, víctimas del suspenso o de las estrecheces económicas de la época, permanecían anclados en la barriada. La pandilla nunca estaba completa, pero reunía los colegas suficientes para pasarlo divinamente. La calle era nuestro lugar de encuentro y el escenario habitual de nuestras correrías adolescentes.
En la calle nos disputábamos “el pañuelo” y en el mismo espacio público nos arreábamos sin piedad representando el mortificante duelo del “látigo”. En las mismas aceras corríamos sin parar para evitarnos el “tú la llevas”, pateábamos un “balón regañado” simulando un partido de fútbol interminable o improvisábamos carreras ciclistas y competiciones futbolísticas con las chapas que recogíamos en los bares.
Muchas veces, los divertimentos se transformaban en auténticas gamberradas. Alistados por decenas, combatíamos a pedradas con los invasores que venían de los asentamientos de Fuencarral y de Hortaleza. Los heridos acababan en la casa de socorro. En otras ocasiones, improvisábamos excursiones a los campos vecinos. Convertidos para la ocasión en golfillos impresentables, prendíamos fuego a los inmensos barbechos de la zona, cazábamos lagartijas, reventábamos las fuentes públicas, pinchábamos las ruedas de los coches, apedreábamos las cristaleras de las cocheras de autobuses, provocábamos a los soldaditos del campamento de Chamartín o nos metíamos en las casitas bajas de la Colonia de los Músicos.
Cuando las hormonas se desmadraban, nos subíamos a las azoteas y fisgoneábamos a las vecinas pechugonas. De anochecida perseguíamos a los grupos de chicas que paseaban sin descanso por ahí. Algún beso robado quedaba para siempre en la memoria. Cuando nos colaban en el cine Americano, aunque no entendiéramos nada, veíamos alguna escena prohibida, comíamos palomitas y bebíamos Coca Cola. Todo gratis. Frecuentábamos también los estudios Sevilla Films. Con un poco de suerte volvíamos a casa con un autógrafo de David Niven, con una sonrisa de Ava Gardner y algunos duros en el bolsillo. Bastaba con apuntarse como extra en alguna de las producciones de Bronston.
Recuerdo los polos cremosos de Frigo, las milhojas de la Suiza, el pan con chocolate, las pipas saladas, las cenas caseras en las terrazas de la Prolongación, los manguerazos de agua fría, las tormentas vespertinas y las broncas de los serenos. El estío ha llegado otra vez y ustedes me han permitido que yo recuerde aquel verano en Madrid.