El tiempo circula incontrolado y en su estela quedan abandonados aquellos lugares que un día habitaron la calma, la contemplación curiosa, la serenidad y la palabra. Así las cosas, a muchos nos parece imposible, aunque lo lamentemos profundamente, recuperarlos para la convivencia ilustrada, adaptarlos a las nuevas modas sin desfigurarlos totalmente o mantenerlos abiertos y vivos. Financiarlos con dinero público se me antoja una entelequia impracticable, siempre habrá otras urgencias sociales que reclamen esa partida presupuestaria.
Por mucho que los nostálgicos nos aferremos a la comodidad de lo conocido, las redes sociales han vuelto el mundo del revés. Ya nada es como era y negarlo convierte a los discrepantes en curiosos imitadores del hombre de las cavernas. Las nuevas tecnologías condicionan las relaciones humanas y cada vez resulta más complicado mantener un diálogo coherente con nuestros semejantes. Los reclamos electrónicos acompañan al pobrecito hablador que intenta hilvanar su discurso: pitidos cortos y persistentes, timbrazos secos y quedos, avisos musicales o silbidos espaciados y sugerentes.
Todos los sobresaltos citados proceden de los pequeños artilugios mediáticos depositados en distintos puntos de la mesa. La mayoría de los interlocutores parecen atentos a la narración, pero no lo están en realidad: se mantienen sumergidos en la nueva dimensión de los internautas. No pueden evitarlo. Miran repetidamente las pantallitas iluminadas de sus móviles y de vez en cuando teclean las respuestas que sus colegas requieren con urgencia. Alguno de los presentes, repentinamente, susurra una frase inexplicable: “mi prima es una cachonda”. Una sonrisa se dibuja en su cara. Acaba de recibir alguna humorada virtual de las muchas que llegan cada día a su terminal.
A todos ellos les importa un rábano lo que decimos losdemás, ellos van y vienen de su particular autismo con una facilidad pasmosa. Y así andamos los agnósticos cibernéticos, acosados por los tuits, ajenos a los circuitos de whatsapp, fuera de los círculos concéntricos de facebook y sin penetrar en la espesa selva de los blocks. Tampoco nos tientan los smartphone, los relojes inteligentes, las pulseras informáticas, las tabletas y los portátiles. Todavía nos sentamos en un café para ver pasar la vida o quedamos con un buen amigo para hablar de cine y de política. Muy pronto, por mucho que nos resistamos, terminaremos también en uno de esos ciber locales quevan sustituyendo a nuestros queridos y obsoletos Cafés.