Opinión

Sobresaltados

Antonio Muñoz | Viernes 24 de julio de 2015

En estos días de calor insolente, hasta las terrazas de verano aparecen casi vacías. Solo ocupadas por personas que no tienen nada que perder o como mucho ganar un puesto en el libro Guinness. Es al caer la noche cuando, al igual que en una película de George A. Romero, hordas de sedientos zombies se pelean por una silla y un doble de cerveza. En gran medida como consecuencia del arrebato de este verano, el ya malogrado futuro de la humanidad no estará basado en la escasez de combustible, ni de agua. Será en la absoluta carencia de cerveza. La nueva versión de Mad Max se filmará en Benidorm a las diez de la mañana que es cuando los guiris se desayunan varias jarras con churros compitiendo con los que ya van de retirada.

En éstas, se encontraran con uno de los camareros que ungidos con la paciencia milenaria de los templarios servirán las mesas. Es un trabajo muchas veces desagradecido, sí. Pero es un trabajo y, en estas fechas, muy valorado por la clase política pues cotiza muy bien en las estadísticas que ventean desde el poder. Ya hay menos parados y los políticos también salen de noche tras el calor para pregonarlo. Desde el Partido Popular, el primero para estas cosas es siempre Rajoy que ya ha dado orden de vender en el Rastro todos los plasmas de segunda mano porque ya no le harán falta en el futuro que él cada vez ve menos incierto. Rajoy no está dispuesto sólo a convencer sino por fin a aparecer, aunque no sea en Cataluña o alrededores. En el PP se les va pasando el sobresalto. Se sienten cada vez más crecidos por las torpes arremetidas de algunos de los que acaban de estrenar el poder con más voluntad que acierto en algunos casos. También, cómo no, de esos planteamientos futuristas sin un futuro claro de los independentistas a los que ni siquiera mira de reojo. Mas y compañía creen que la ciencia ficción es un género menor y la utilizan de pasquín. Hasta gente que siempre pareció sensata o al menos circunspecta como Guardiola y LLuís Llach se apuntan ahora a un proceso que todo el mundo parece saber como empezarlo sin más…ahora con tilde, ojo. Parece que en Cataluña no les llega con tener ya la Sagrada Familia sin terminar.

Así que Rajoy se mira en el espejo estos días para preguntarse quién es realmente el barbilampiño. Es igual. Tiene las vacaciones al caer. Y piensa fumarse un puro mientras prepara el asalto. Mientras, apenas se escucha a lo lejos como cantos de sirena a los sindicatos que recuerdan aquello de la estacionalidad y la fragilidad del empleo. Tan frágil como el parado en sí, de cuyos brazos tiran en direcciones opuestas tanto los políticos como las encuestas. No sé de qué se quejan los parados si todo el mundo les echa una mano.

En el lado de las fuerzas llamadas emergentes también andan sobresaltados y hasta confusos pues, como en el caso de Madrid, en su ayuntamiento, no saben en este caso ya no cómo acabar sino como empezar, y ya lo dice el dicho, nunca por el tejado. No se trata ahora de no respetar el plazo de confianza habitual para quién empieza la ardua tarea de poner orden y limpieza en una capital que busca su identidad perdida, pero por momentos dan ganas de exclamar ¡Ay, Carmena!

Y luego está Podemos que da síntomas de dolencias propias del enfermo imaginario. Lo peor que le pasa a la formación de Pablo Iglesias ya no es que mucha gente ya no sepa quién lleva de verdad la coleta por mucho que el diga o proclame sino que se le multiplican los chistes. Y este es un país donde los chistes son un mal augurio. Entre otras cosas porque se nos suelen olvidar cuando queremos contarlos y los que se siempre los recuerdan están ahora muy ocupados tirando a la máquina trituradora los que trataban del bipartidismo.

Y en cuanto a los que no son emergentes pero quieren creer que lo son o volverán a serlo, andan más que sobresaltados. Pedro Sánchez, que parece no haber sabido terminar la anterior campaña electoral como si no tuviera freno de mano, no es un fumador de puros, al menos reconocido, ni tiene barba. Pero sí se mira al espejo, como Rajoy, y no sabemos si a quién en él reconoce es a Felipe González o a Zapatero. Y eso nos tiene a todos sobresaltados.

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