Opinión

La memoria del callejero

Enrique Villalba | Lunes 06 de julio de 2015
Leyes de memoria histórica han existido siempre. Los faraones egipcios y los emperadores romanos ya borraban las huellas de los regímenes de sus antecesores para parecer que fueron los que inventaron todo. Madrid se lanza por fin a reordenar el callejero basándose en el criterio de la ley de Zapatero. Hay exigencias que son obvias y obligatorias para la reparación y el reconocimiento de la dignidad personal de las víctimas, como poner voluntad política y fondos suficientes para que sus familiares les encuentren y la sociedad los reconozca como se merecen. También, es necesario que se solucione definitivamente el problema que supone el Valle de los Caídos a nivel simbólico, a pesar de que la derecha española y la Iglesia consideren cerrada esa herida con la modificación del decreto fundacional que se realizó para que se convirtiese en un espacio de reconciliación, así como que se abra el melón del traslado de la tumba de Franco al cementerio de El Pardo junto con su esposa, tal y como, al parecer, deseaba el dictador, según algunas de las últimas investigaciones al respecto.

Otras medidas, por el contrario, si se toman al pie de la letra y sin un análisis sopesado, pueden incurrir en importantes injusticias y en debilitar otra parte de nuestra memoria. Está claro que hay que quitar la calle de Arriba España o la de María Teresa Sáenz de Heredia (personaje sin más mérito que ser la esposa del ministro de Vivienda José Luis de Arrese), por poner algunos ejemplos de los numerosos absurdos que hay en el callejero. Pero hay otras para las que se debe establecer una comisión de expertos, tal y como solicitaron los cronistas de la Villa. Por poner algunos ejemplos que tienen encima la espada de Damocles del nuevo Ayuntamiento. Quitarle la calle a Concha Espina, supondría eliminar a una escritora muy famosa y muy reconocida a nivel nacional e internacional, incluso antes del Franquismo. Sería una gran derrota del movimiento feminista español.

Los mismo pasaría con el editor Juan Ignacio Luca de Tena, escritor, diplomático y periodista. O el comandante Franco, hermano del dictador, es verdad, pero también artífice del vuelo del Plus Ultra, una de las hazañas más importantes de la aviación española. Si nos ponemos así, nos arriesgamos a pensar que habría que quitarles las calles o espacios públicos a gente como Salvador Dalí, Camilo José Cela, José María Pemán, Luis Rosales, Agustín de Foxá, Antonio Vallejo Nájera o Juan José López Ibor, todos miembros del período franquista con mayor o menor vinculación con el régimen, por poner algunos ejemplos.

Sería como si nos planteamos por memoria histórica quitar la calle a Fernando VII, el peor rey de España seguido a poca distancia por Alfonso XIII, responsable de numerosas guerras civiles, incluso después de muerto, que supusieron miles de víctimas. O a los Reyes Católicos o a los reyes godos por perseguir a los judíos. O a Roma por invadirnos hace dos mil años y acabar con las culturas autóctonas. Y así, hasta el infinito. Si nos ponemos a borrar el pasado sin un criterio profesional y sopesado, perderemos la perspectiva y la mayor utilidad que tiene la historia: recordarnos los errores que se cometieron para no volver a repetirlos.

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