Esa tarea de apoyo institucional, aunque sea desde empresas privadas (y especialmente desde las públicas), puede tener múltiples direcciones en un momento en el que la solidaridad de los ciudadanos y asociaciones de muy distinto signo de nuestro país se ha disparado como consecuencia de la crisis. Hay que apoyar proyectos que impulsen la atención a la dependencia, que ahora está amparada en una magnífica Ley pero desprovista del presupuesto que sería necesario para su pleno desarrollo; hay que apoyar la actividad de los centros sociales de enfermos y mayores, instituciones diversas que prestan un servicio impagable a familias y a personas con imposibilidad laboral o personal para atender a sus dependientes; hay que apoyar desde los medios a organismos de ayuda a colectivos desfavorecidos, con forma de ONGs o de cualquier otra consideración y rango; hay que impulsar decisiones que beneficien la atención y el reconocimiento a personas que han sufrido la violencia en el seno doméstico, de carácter machista; hay que promocionar a través de la información lo que hacen entidades públicas que empeñan sus exiguos presupuestos en la atención a quienes son vulnerables en nuestra sociedad. El poder de llegar a miles de receptores nos da a los medios de comunicación la responsabilidad de que el mensaje que ofrecemos incluya una parte del altruismo que se nos supone como miembros activos del entramado societario que compone un país como este. Sería imperdonable que cuando más se nos necesita, pensemos sólo en el negocio.