Antonio Castro | Viernes 14 de junio de 2013
El barrio de Lavapiés se ha convertido en un conglomerado de razas y
culturas, enmarañado en el laberinto de callejuelas conformado en el siglo XIV.
Una topografía singular en el corazón de Madrid trazada en los barrancos que
fueron los arrabales de la ciudad, donde nacieron los "manolos" y "manolas". En
Madridiario hemos podido verlo desde el aire.
Hoy, de aquel casticismo que plasmaron en sainetes y
zarzuelas, escritores como Ramón de la Cruz, Mesonero Romanos o Arniches no
queda nada. Los chulos y la chulas solo reaparecen por las fiestas de San
Lorenzo y la Paloma. Por las calles de la primitiva judería madrileña desfilan
más frecuentemente, chilabas, saris, turbantes... El comercio tradicional ha
cambiado radicalmente en las dos últimas décadas. Hoy los minoristas pertenecen
a cualquiera de las razas que habitan el barrio.
La plaza de Tirso de Molina, con sus puestos de flores,
el monumento a Tirso (que sustituyó al de Álvarez Mendizábal) y el teatro
Apolo, abierto en 1932 con el nombre de "Progreso", es la puerta de entrada al
barrio. El corazón se localiza en la plaza que da nombre al distrito donde,
según algunos historiadores, podría haber una fuente en la que se lavaban los
vecinos. La última fuente que existió fue retirada en el siglo XIX. Entre Tirso
de Molina y Lavapiés discurren dos grandes arterias: Mesón de Paredes (donde
estuvo la Inclusa) y Lavapiés. Calles empinadas, como las transversales que
llevan a Antón Martín: Magdalena, Calvario (¡qué bien puesto el nombre!), Olmo...
En los últimos cinco años se está produciendo un lento
retorno de los madrileños a este barrio para abrir pequeños negocios, como
librerías-café, albergues juveniles o teatros de bolsillo. Estas actividades
podrían contribuir a incrementar la seguridad callejera y la limpieza del
barrio, dos de sus puntos débiles. Durante los fines de semana también son
cientos los madrileños que acuden a sus tabernas, terrazas o a los restaurantes
indios que copan la calle Ave María. Pero se vuelven a otros barrios
residenciales después de la diversión y, en no pocas ocasiones, dejando un
rastro que indigna a quienes vivimos en este barrio.
El caótico urbanismo, el laberinto callejero, las
empinadas cuestas, las plazuelas escondidas podrían configurar un barrio
enormemente atractivo para residir y para visitar. Cuenta, además, con varias
paradas de Metro que facilitan los desplazamientos. El Ayuntamiento emprendió
hace algunos años un programa de rehabilitación de edificios y saneamiento de
viviendas, manteniendo algunas construcciones tradicionales como las corralas.
Pero no se acaba de conseguir un barrio limpio, higiénico, libre de basuras,
grafittis, orines, cacas de perro, restos de embalajes... Cada vez que se quiere
mejorar Lavapiés surgen voces augurando una expulsión de habitantes de toda la
vida. ¡Como si quedaran muchos...! Y, por culpa de unos o de otros, el barrio no
acaba de despegar y todavía sigue siendo inquietante para los turistas. Debería
iniciarse una acción decidida para "limpiar" Lavapiés sin prejuicios,
salvaguardando su idiosincrasia pero desterrando definitivamente la impresión
de que inmigración o multiculturalidad son sinónimos de suciedad, descuido y
desprecio del entorno. Lavapiés debe convertirse en un barrio que atraiga
comercio y compradores, visitantes y habitantes, estudiosos de la topografía
madrileña e historiadores de su pasado y su presente. La marginalidad y la
leyenda (bastante fundada) de inseguridad deben combatirse con energía y con el
apoyo de quienes vivimos, trabajamos o nos divertimos ahí.
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