Lunes 03 de junio de 2013
Madrid se está quedando a oscuras. Breves destellos de ordenador se filtran por las persianas a sus solitarias calles.
Hace años que se empezaron a apagar luces, a cerrar puertas, a introducir cierres chirriantes que escondían un vacío negro, silencioso, sin actores. Los personajes miran desde sus butacas las pantallas apagadas y la cabina pero cada día tienen menos esperanzas de cobrar vida.
Dentro, silencio; fuera, soledad.
Algunos recuerdan su vida entrelazada con la butaca de al lado. Otros recuerdan el olor de las palomitas y el skay o el deslumbramiento de los flashes sobre la alfombra roja de la Gran Vía. Recuerdos porque en su barrio tampoco queda el skay que sustituyó al terciopelo. Un millón de madrileños pasan por delante de los cierres metálicos con candados y saben que aquellos cines no volverán.
Los cines nos han dado nuestra forma de ver el mundo. Eran y son cultura al alcance de todos. Eran un hábito saludable y formativo. Todos sus espectadores lo amaban pero reconocen que no pueden pagar el precio actual de sus entradas. Muchos cines están haciendo descuentos especiales para que sus espectadores vuelvan.
Y es posible. Es posible bajar los precios, sentarse con el sector y articular fórmulas para que la capital de este país mantenga los cines. Es posible sentarse con el sector y diagnosticar cuál es la situación de las escasas salas que quedan en la ciudad, dónde se sitúan, qué labor hacen y cómo podrían salvarse.
Es posible proteger la Gran Vía con sus cines, sus teatros y su música. Es posible plantearse fórmulas complementarias a la del cine que sirvan para que en estas salas se siga programando cine y quizás, en otros días u horarios, teatro y algún concierto.
Y siempre será posible programar cine si quienes administran la cultura pública así lo deciden, aunque lo suyo sería hacerlo de acuerdo con el sector y en salas de cine, que para eso están. Por eso proponemos hacer festivales de cine español en todos los distritos así como terminar con las tasas de rodaje en Madrid.
Porque Madrid debe su imagen al cine.
Madrid es su cultura. Y buena parte de su cultura es su cine.
Devolvamos la oportunidad a los personajes de levantarse de la butaca a la pantalla. Resucitemos, como en La rosa púrpura del Cairo, a los actores con su vida de personajes. Apaguemos las luces. Guardemos silencio, que empieza la película, en el barrio.
Fuera quedan los flashes.
Y a lo lejos, los ordenadores apagados, a oscuras.
Ana García D’Atri.
Concejala socialista en el Ayuntamiento de Madrid.
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