Opinión

Madrid: De gatos y conejos

Lunes 27 de mayo de 2013

Antiguamente se llamaba gatos a los habitantes de Madrid, un mote de cuya razón y origen se discutía sobre manera. Ciertos estudiosos adjudicaban el apodo a la capacidad sorprendente con la que los madrileños trepaban a las antiguas murallas de la Villa cuando las campanas anunciaban un peligro inminente. Otros investigadores rebatían la leyenda guerrera y nos  explicaban el apelativo amparándose en los usos gastronómicos afincados en la ciudad. Pobladores como somos de una meseta alejada de los mares, gustábamos y gustamos del pescado, afición compartida con los felinos gatunos, sean domésticos, bien cuidados y alimentados, o sean vagabundos callejeros alistados en correrías nocturnas por los desperdicios urbanos. Tanto es así que  los bocadillos de calamares, los buñuelos y las croquetas de bacalao y las sardinas cocinadas de mil maneras son platos alabados y requeridos en las tascas de la capital. En cualquier caso, sea como fuere el razonamiento último del que así nos bautizó, en los malos días que corren más parecemos conejillos de las Indias que gatos orgullosos y bravucones. Me explico:

Sabido es que los científicos aplican pócimas y tratamientos a los conejos de laboratorio. Experimentan sus inventos químicos y biológicos en estos animalitos y, si tales probaturas sanan, se suministran después a los seres humanos. De esta manera, tan sutil como cruel, los pobres bichos padecen nuestros males más temibles y muchos de ellos perecen en el intento. Finalmente algún benefactor iluminado acierta con el remedio y nuestros sufridores sobreviven hechos una piltrafa. Deberíamos agradecérselo. Algo muy parecido está pasando en la Comunidad de Madrid, convertida en un inmenso campo de pruebas por el Gobierno autonómico y sus tutores estatales, una probeta gigantesca calentada a fuego lento en la que se cuecen las medidas contra la crisis que después nos tragaremos los ciudadanos de Madrid. El resto de los españoles debería observando con muchísima atención, ya que lo que aquí se prueba  terminara por recetarse en todo el territorio nacional, tenga o no efectos secundarios.

El último de los ensayos consiste en repartir el poco trabajo registrado en las oficinas del paro entre los mayores de treinta años y los menores de cincuenta, eligiendo prioritariamente a todos aquellos que perciban el seguro de desempleo. Así se margina a los que menos posibilidades tienen de emplearse  y a los parados más desprotegidos. La probatura ha comenzado en Madrid y cuando se cierre el miserable balance de los ahorros acumulados, tal medida se exportará a toda España. Aquí se intentó la imposición del euro por receta y a punto está de consumarse la privatización de la gestión en los centros hospitalarios levantados con el esfuerzo de todos los contribuyentes de Madrid. Aquí se ha decretado la jubilación obligatoria de los mejores facultativos del sistema público de salud. Aquí se han rescindido miles de contratos interinos en la función pública y aquí se ha despedido a la mayoría de los profesionales de Telemadrid. Aquí se han concretado ya algunas de las normativas más polémicas de la nueva Ley de Educación. En Madrid hemos sufrido ya el catastrazo, el incremento de los impuestos municipales y las tasas locales, el encarecimiento de los trasportes públicos y de muchos servicios sociales. Aquí, en el territorio donde vivimos, se han liberalizado los horarios comerciales, primando los intereses de las superficies comerciales sobre la supervivencia del comercio local. Aquí, incluso, se pretende cobrar la asistencia telefónica a los mayores enclaustrados en sus casas.

Tiemblo cada vez que escucho una nueva ocurrencia a los mercaderes de Bruselas o a sus discípulos españoles. Pienso inmediatamente que los madrileños seremos los primeros en tomarnos la medicina. Lo dicho: fuimos gatos y ahora somos conejillos de Indias.

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