Miércoles 15 de mayo de 2013
No se habían desperezado todavía los pájaros en la pradera de San Isidro cuando llegaba la alcaldesa Ana Botella a beber el agua del santo. Allí le esperaba un nutrido grupo de seguidores y políticos, capitaneados por Fátima Núñez, concejala presidenta de Carabanchel, vestida de manola. Chulapa imputada, pero lo más brillante de una comitiva que tenía que bregar con un San Isidro descafeinado por el cielo encapotado.
La gente se agolpaba en la capilla del santo patrono. La fe y el frío se repartían las razones de la multitud. La regidora entró hasta la sacristía para besar la reliquia del santo, después de departir con el cura sobre el pregón de Paloma García Borrero y la misa mozárabe del día anterior.
Luego bajó a beber un poco de agua del santo. Una señora se llevaba las botellas a pares. Otra, en botellas de whisky Dyc. "Usted me suena, pero no sé quién es", le espetaba a Botella una anciana. Esta se lo tomaba a chanza, mientras que monjas y chulapas se la disputaban para hacerse una foto con ella. La primera edil esquivaba las preguntas incisivas de la prensa sobre las encuestas que auguran descalabro popular en el Ayuntamiento y que le van a quitar la silla. Ella solo pide al santo trabajo, propio y ajeno, aparte de los Juegos, que cada vez se ven más cerca. "No estoy para medirme con nadie, sino para trabajar por los madrileños", espetaba.
A la salida le esperaban mujeres pera y mujeres manzana de los sindicatos municipales, que tuvieron un contencioso con los afectos a la alcadesa. "Tenéis pinta de vivir bien", les decía a los representantes de los trabajadores uno de los que aplaudían a Botella. Así, escoltada por una 'guardia de corps' castiza repleta de chulapos partía a su siguiente etapa del día. Le quedaban por delante el izado de bandera, la misa en la colegiata, las medallas de oro municipales y la tarde en los toros.
Chotis por la sanidad
En la pradera, la lluvia deslucía el clímax castizo anual. Ni siquiera olía a entresijos y gallinejas, aroma perenne de la pradera durante estos días. Solo la organillera seguía dando vueltas a su máquina, marcando la banda sonora del festejo, nevase o tronase. Un individuo limpiaba las raíces de un árbol en el talud entre la pradera y la calle de la Hacienda. "Duermo aquí con un compañero. La Policía me lo permite si lo tengo limpio, pero con la fiesta lo han ensuciado mucho", espetaba. Eduardo, uno de los tenderos explicaba que entre el clima y la crisis, las ventas en la pradera han bajado mucho este año. A eso de las once de la mañana, empezaba a llegar tímidamente el gentío, retrasado por la lluvia y el parón de Metro. El paraguas era el accesorio que no faltaba.
Con ellos, llegaron los políticos de la oposición, que se referían a las encuestas sobre la política madrileña a su manera, aunque todos quitaban importancia a los datos. Izquierda Unida y UPyD, los más beneficiados, en la voz de sus portavoces, Ángel Pérez y David Ortega, auguraban un cambio de tendencia y una pérdida de poder del bipartidismo. Jaime Lissaveztky, portavoz del PSOE, por contra, apostillaba que apuestan por la mayoría absoluta y no por un gobierno de izquierda plural en la capital. También hizo acto de presencia el presidente regional, Ignacio González, que se estrenaba en estas lides como número uno de la Comunidad de Madrid.
A mediodía comenzaban los chotis por la Sanidad y la Educación, mientras que el 15-M se manifestaba en Madrid Río. Otro año más, la pradera siguió funcionando ajena a los políticos, que tampoco hicieron demasiados esfuerzos por dar señales de vida entre el gentío. No es año de elecciones. Quizás mejor. Los ciudadanos están de fiesta y no quieren que hasta el espacio de su patrono se convierta en tablero del ajedrez político.