Opinión

Hartazgo parlamentario

Viernes 15 de febrero de 2013
Hace ya demasiadas semanas que las sesiones parlamentarias de los jueves no aportan nada a nadie, y menos a los madrileños. La Asamblea de Madrid se parece cada vez más a lo que no debería ser y no se parece en nada al lugar donde los elegidos por los ciudadanos debaten sus propuestas y aprueban leyes y demás iniciativas que rigen la vida de todos nosotros. El nivel de descalificaciones personales es tan alto que cuesta entender la bajeza de los que recurren a la ordinariez para hacerse notar y comprobar quién mea más largo en una competición de imbéciles que no lo son pero lo parecen. ¿O sí?  Momentos desagradables y para olvidar, según muchos de los que presenciamos cada jueves el ‘y tú más’ que impregna cualquier discurso en el que un partido se ve acosado por cuestiones relativas al golferío y la corrupción.

El talento, la reflexión, la sensatez o la sensibilidad, que son bienes tan preciados, no aparecen por la sede parlamentaria de Vallecas. Es habitual que el portavoz socialista, Tomás Gómez, trate de sacar de sus casillas al presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, con acusaciones y descalificaciones no políticas sino personales. Palabras vacías, frases huecas y expresiones que buscan un titular periodístico y poco más. Golfo, indecente, impresentable y corrupto es lo más bonito que se llama uno a otro, dando la sensación de que todo es un montaje teatral para animar a las fieras de cada bando y de que ninguno de ellos tiene sangre en las venas y recibe los insultos como si fuese lo normal y entrase en el guión preparado para vencer, descartando la necesidad de convencer por ser demasiado antiguo y poco útil.

En el segundo Pleno de febrero, el mismo Día de los Enamorados, Gómez y González se declararon su ‘hoy más que ayer pero menos que mañana’, como corresponde a un 14 de febrero, pero no de amor, sino de odio acumulado. Cuando era ya 15 de febrero, a altas horas de la noche, el portavoz de UPyD, Luis de Velasco, recurrió a una frase de Estanislao Figueras, presidente de la I República española, para decir lo que pensaba sin poner tales palabras en su boca: ¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros! Presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, Estanislao Figueras gritó “ya no aguanto más”. Tan harto estaba de todo y todos que presentó su dimisión, se fue a dar un paseo y luego  tomó el primer tren. No se bajó hasta llegar a París. El gran Benito Pérez Galdós describió de esta manera el clima parlamentario de aquella etapa: “Las más de las tardes las pasaba en la tribuna de la prensa, entretenido con el espectáculo de indescriptible confusión que daban los padres de la Patria”. Se quejaba de que “el individualismo sin freno, el flujo y reflujo de opiniones, desde las más sesudas a las más extravagantes, y la funesta espontaneidad de tantos oradores, enloquecían al espectador e imposibilitaban las funciones históricas”.

Sin buscar parecidos entre lo sucedido en 1873 y 2013, aunque en ambas etapas se pasaba por momentos de crisis económica, el que reconoció estar hasta los cojones, abandonó harto de discusiones estériles. Se está llegando al hartazgo parlamentario y sólo queda esperar a que se harten los unos y los otros de hacer el ridículo ante propios y ajenos y planteen una verdadera regeneración y  democratización de las instituciones, los partidos políticos, los sindicatos, las patronales, y por qué no, una mayor transparencia de la Banca y la Iglesia. “Harto ya de estar harto, ya me cansé de preguntarle al mundo por qué y por qué”, cantaba Serrat hace mucho. Pues eso.

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