Opinión

La muerte tiene un precio

Lunes 04 de febrero de 2013
Me cuenta un amigo gallego que algunos paisanos están empeñando los nichos y las sepulturas que antaño compraron en los cementerios de su tierra. Así van tirando una temporada, con los dineros conseguidos a cambio del descanso eterno y la papeleta del prestamista en el bolsillo. Mi padre odiaba al cobrador de la aseguradora de decesos y velatorios, le daba mal fario. Siempre le disgustó pagar en vida lo que cuesta morirse. “Disfrutemos lo que podamos y ya se ocupará el ayuntamiento de enterrarme, que insepulto no voy a quedar”, decía con cierta sorna. Mi madre, indiferente a ideas tan despegadas, pagó puntualmente el dichoso recibo y permaneció siempre fiel a esa vieja costumbre española. Hemos vuelto a los viejos tiempos y ahora las gentes se ocupan de garantizarse el cocido diario y dejan a la providencia lo que tenga que llegar.

Esta despreocupación por el futuro se ha extendido socialmente y ciertos viejecitos con vivienda propia practican una nueva modalidad de financiación llamada hipoteca inversa. La propiedad se escritura a nombre del banco fiador y ellos reciben una mensualidad que les permitirá vivir holgadamente lo que les quede de vida. Puede ser en su domicilio, perfectamente atendidos, o en una residencia privada. Cuando llegue el minuto final, el muerto al hoyo y el piso a los activos de la entidad pagadora. Los herederos, próximos o lejanos, no verán un euro. Afortunadamente para ellos, estos ancianos disfrutaran de todo aquello que fueron capaces de acumular en sus peripecias vitales. La otra cara de la moneda se cincela con la triste imagen de los mayores que han perdido lo atesorado y ahora tendrán que sobrevivir agobiados el resto de sus días.

Sabido es que muchos ciudadanos, millones de ellos, con parentela o sin ella, jóvenes y maduros, viven de lo que rebuscan en la cartera paterna o de las pensiones y las cartillas de ahorro de sus abuelos. Ahí está el problema más grave. Muchos jubilados se han despedido de la tranquilidad y el sosiego de un retiro apañadito y son ahora el único sustento de los suyos. En algunos casos se ven obligados incluso a desembolsar los avales de los créditos comprometidos por los hijos o los nietos, una desgracia que les convierte en deudores desplumados.

Peor es la situación de los abuelos que habían conseguido un hueco en los asilos públicos a cambio de la jubilación, o los que residían en un centro privado pagado con sus haberes, obligados ahora  a renunciar a la placidez adquirida y volver por sorpresa al pasado para sufragar la supervivencia de toda la familia. En algunos casos es una decisión solidaria, en otros una obligación impuesta. No digo yo que los familiares no vayan a cuidarles como se merecen, pero se han quedado repentinamente sin las atenciones precisas del personal especializado que se ocupaba de ellos y de la asistencia médica y sanitaria que se requiere a ciertas edades.

Cuando paseo por las calles de Madrid, me atosigan los hombres anuncio que vocean la compra de oro. Van uniformados con llamativos chalecos amarillos, rotulados con ese reclamo publicitario. En las inmediaciones, se localiza sin dificultades el mercadillo del noble metal. Recientemente me personé en uno de esos lugares, un cuartito acorazado con gruesos cristales, donde un presunto experto que protegía sus ojos con unas gafas especiales, comprobaba con lupas y ácidos la calidad y el calibre de las joyas puestas en sus manos. El individuo me contó que la mayoría de las piezas en almoneda procedían de los cofrecitos de las abuelas muertas. De vez en cuando, algún reloj bañado en oro o la sortija de algún tío difunto. La operación se cierra sin muchas dificultades y allí quedan las presunciones de los ancestros, listas para la fundición o la reventa. Es otra forma de sacarle partido a los que nos precedieron. En estos malos tiempos, como en otros pasados, la muerte tiene un precio.

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