Opinión

La cacería no ha terminado

Viernes 11 de enero de 2013
En mitad del descampado político, más sola que la una, se ha quedado la alcaldesa Ana Botella, expuesta a los chaparrones que se descuelguen del nublado madrileño. El vendaval del Madrid Arena se ha llevado el último paraguas que resguardaba de la tormenta a la regidora del Ayuntamiento madrileño. Los entendidos no se ponen de acuerdo y todavía no saben con certeza si ha sido ella o su partido los autores de la dimisión del vicealcalde.

Lo sorprendente no es que Villanueva haya presentado la dimisión, lo inexplicable es que haya aguantado en la poltrona más de sesenta días. La capacidad de resistencia de algunos dirigentes es realmente infinitas. Nuestro personaje lo tenía imposible: irregularidades administrativas, amistades peligrosas con los inquilinos imputados del recinto, compromisos personales injustificables y fallos incomprensibles de toda la maquinaria municipal. Tantos errores acumulados y tantas dejaciones irresponsables, reclamaban el cese inmediato de todos los actores de una tragedia sin paliativos posibles. En aquella fatídica noche de difuntos, murieron cinco muchachas indefensas, pero conocidas ya muchas de las circunstancias que provocaron el suceso, el número de víctimas se podría haber multiplicado. Resulta insoportable contemplar cada día las imágenes sobrecogedoras de la avalancha humana en aquel túnel de la muerte, escuchar los gritos desgarradores de los amigos supervivientes reclamando ayuda, observar el desfile patético de los presuntos culpables por los pasillos judiciales, y tragarse la indignidad de ciertos personajes que niegan la evidencia de unos hechos incontestables.

Demasiadas oleadas de crónicas negras para sostenerse erguido en la fortaleza del Palacio de la Cibeles. La reina del castillo ha sacrificado ya dos torres de su ejército, el concejal de economía y su propio vicealcalde, pero la partida no ha terminado aún. Los analistas políticos buscan ahora claves internas que aclaren una dinámica tan singular. Repasan biografías personales y hojas de servicios prestados para anticiparnos conclusiones ajenas al meollo del problema. Pedro Calvo y Villanueva, los responsables dimitidos, serían los últimos escuderos de Ruiz Gallardón que permanecía en el equipo gestor de la Comunidad de Madrid, por lo que no sería descabellado añadir en el balance de resultados un ajuste de cuentas provocado por el aparato del Partido Popular. Sería el último de los empujones a los moscardones de Gallardón, aunque Ana Botella se quede sin escudos protectores y al socaire de los elementos. Hay estrategas tan obsesionados con la figura de Esperanza Aguirre, tan ofuscados con su presunta inteligencia natural y su capacidad para la intriga, que ven su mano en todo lo que se mueve en el ámbito natural de la derecha madrileña.

En cualquier caso, la historia no he hecho más que empezar, y los perros de presa han olisqueado la sangre caliente de su presa. Ana Botella ha sorteado, por el momento, el acoso de los mastines que la persiguen, pero la cacería continúa y en el oscuro bosque del Madrid Arena hay tantos claros que la escapatoria es cada día que pasa más difícil.

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