Lunes 10 de diciembre de 2012
Los médicos especialistas han vuelto hoy a la huelga indefinida. Ayer volvieron a tomar las calles de Madrid. El objetivo de esta reivindicación es la defensa de la sanidad pública ante el peligro de la privatización, aunque yo creo que el verdadero motivo de la revolución de las batas blancas, es el recorte de sus nóminas, porque lo de la privatización, ellos saben que no es cierto.
La movida de los médicos, personal de enfermería, auxiliares y celadores el pasado miércoles fuera y dentro del Parlamento de Madrid fue bochornosa. La izquierda quiere ganar en la calle lo que no pudo ganar en las urnas. La izquierda se echa al monte, se vale de los sindicatos y de los antisistema para intentar torcer la labor de quienes obtuvieron por mayoría absoluta el respaldo de los ciudadanos para que les gobernasen.
La izquierda de Madrid, desnortada, desorientada, confundida, perdida, pesca en aguas revueltas con el ánimo de obtener ganancias, y así apoya movilizaciones que no están autorizadas, manifestaciones prohibidas por ley en torno a un Parlamento que celebra sesión plenaria, mientras algunos representantes de esa izquierda esconden su fracaso personal en los comicios electorales, entre la muchedumbre vociferante que les arropa con sus pancartas. Los oportunistas, ventajistas y reacios a aceptar el mandato de la democracia, pierden éticamente su condición de representantes del pueblo para convertirse en cómplices de los que no aceptan las reglas del juego democrático.
Lo que ocurrió el pasado miércoles en torno y dentro de la Asamblea de Madrid, fue vergonzoso. El derecho a la manifestación y la protesta no es un cheque en blanco para que algunos monten algaradas, se salten las mínimas normas de convivencia y hagan de la Cámara que representa a todos los madrileños, una especie de corrala en la que montan un sainete barriobajero. Los que se aprovechan política y sindicalmente de las reivindicaciones del colectivo médico, son los pescadores profesionales en aguas revueltas. Sinceramente, a mi me da pena contemplar la nueva imagen de Tomás Gómez, aquel voluntarioso alcalde de Parla, con una carrera prometedora, y que poco a poco se ha ido convirtiendo en todo lo contrario a un Invictus, un derrotado en las urnas que quiere librar una batalla fuera de las lindes democráticas haciendo una incursión en el bando que pasaba por allí. Deja el escaño que le fue adjudicado en las urnas y se pone del bando de los que están infringiendo la ley en el convencimiento erróneo de que esto le puede dar algunos de los muchos votos perdidos en los comicios. Lamentable.
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