Viernes 30 de noviembre de 2012
Jueces, enfermeras, fiscales, médicos, enseñantes, estudiantes, parados, pacientes preocupados por los recortes en los programas de salud, impacientes por buscar un empleo para poder pagar la hipoteca e impedir que les desahucien, padres hartos de aguantar condiciones laborales poco dignas para no entrar en el próximo ERE, madres asqueadas de las medidas contra la crisis de este o aquel gobierno local, regional o nacional, y las propias del sexo femenino como más precariedad y menos respeto, hijos indignados porque si todo sigue igual, es decir, mal, les espera un futuro peor que el pensado para ellos por sus progenitores. En el horizonte, una normalidad que se va imponiendo poco a poco bastante anormal como jornadas más cerca de las 42 horas semanales que de las 35, salarios terriblemente bajos, el euro por receta, el pago por casi todo.
Multitud de colectivos humanos y profesionales están afectados por los recortes en Sanidad, Educación y Servicios Sociales y en sensibilidad, respeto, derechos humanos y humanidad. Las calles se llenan de camisetas verdes y batas blancas de profesores y sanitarios que exigen no más de lo mismo. Lo mismo de siempre es lo que han decidido gente supuestamente bienpensante, economistas que no acertaron en el origen de la crisis y ahora tampoco acertarán con sus recomendaciones para corregir el déficit y equilibrar la deuda porque la anorexia social que recomiendan no debe ser lo mejor porque no se la aplican ellos. Empezaron con la Educación, siguieron con la Sanidad y ahora parece que tienen en mente meter mano en la bolsa de los derechos y conquistas de las personas discapacitadas. Se ha avanzado mucho desde la etapa de la transición hasta la fecha. Hemos pasado de lisiados o tarados a discapacitados, de minusválidos a sencillamente diferentes en el habla, la visión, el andar; personas con algún problema físico, psíquico o sensorial. Todas estas personas reciben las mismas cornadas del toro de la crisis que el resto de seres humanos, y además la parte que les toca por ser diferentes en un país donde las taras de los tarados ha provocado no entender el derecho a la diferencia sin menoscabo de los demás derechos. El ciudadano que lleva muletas para moverse y llegar donde pueda ir cualquier otro, aunque más tarde y, a veces, superando barreras arquitectónicas, sufre los mismos recortes que los demás más los propios por su condición o tara, según los tarados que sólo ven números detrás de los humanos.
Se encarecen las prótesis y las ayudas a colectivos que tienen índices de paro verdaderamente escandalosos. La tara no es sólo un defecto físico o psíquico, también una mancha que disminuye el valor de algo o de alguien. Perderá valor el colectivo de personas discapacitadas si la guillotina de los recortes nos corta por el lado más débil: nuestras necesidades. Un movimiento llamado Discapacidad SOS ha puesto en marcha una serie de actos reivindicativos para alertar a nuestros gobernantes de las consecuencias de sus recortes. Nos invitan a todos a marchar juntos el 2 de diciembre para gritar alto y claro ¡basta ya¡ Es curioso, además de triste, conocer que comunidades autónomas y ayuntamientos adeudan al sector social de la discapacidad representado por el CERMI más de 300 millones de euros, en concepto de ayudas y pagos no atendidos, con período de demora que llegan a los dos años, en algunos casos. Esta ingente deuda –por servicios prestados y no satisfechos- está ahogando literalmente al sector de la Discapacidad que está en marcha hacia la dignidad.
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