Sara Medialdea | Martes 30 de octubre de 2012
Aún sin conocerte personalmente, me permito tutearte. Porque han sido muchos años de saber de ti, de leer sobre ti, de verte al pasar por la plaza de Jacinto Benavente, en aquel tenderete improvisado donde tus padres mantuvieron, durante 522 días, su particular guerra contra el mundo. Una guerra de la que les sacó una casualidad —que pasara por delante de la tienda un médico que años atrás presenció la operación que lastró tu vida— y un acto de valor –que ese médico decidiera declarar lo que sabía-.
Tenías apenas 21 años cuando acudiste a una clínica a hacerte una rinoplastia. Y una negligencia médica te llevó a un coma vegetativo del que solo te ha sacado, 23 años después, la muerte. Toda una vida frustrada. Porque a la desgracia de verte postrado en una cama, a la amargura de ver cómo tus dedos se retorcían y cómo un hijo joven y sano quedaba reducido a esa presencia sobre el colchón, se unieron durante todos estos largos años el dolor de la injusticia, de la incomprensión, del silencio, de la desatención.
Tu familia cambió su vida por ti; sacar tu caso adelante, conseguir justicia, se convirtió en su objetivo, en su meta, en su única esperanza. Apelaron a todos los tribunales apelables, aguantaron lo inaguantable, el frío y la lluvia sobre el techo de plástico de vuestra improvisada casa durante el frío invierno; el calor del verano, la indiferencia de esa gran máquina burocrática en que a veces se convierte la justicia. Sufrieron incluso el escarnio y la humillación de ser ellos los condenados al pago de las costas de los juicios, y estuvieron a punto de perder también su casa.
No hace ni año y medio que se llegó a un acuerdo que puso fin a un litigio que duraba ya 22 años. No fue un buen acuerdo, aseguraba entonces tu madre, Juana. Pero los años y las penas no pasaban en balde, y ninguno de tus dos progenitores se sentían ya con fuerzas para seguir luchando. “Siempre he querido que se muriera antes que yo, porque no le quería dejar aquí”, aseguraba tu madre. Al menos en eso, la vida no le ha vuelto la espalda.
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