Opinión

La calle es de ellos

Ángel del Río | Lunes 15 de octubre de 2012
Cuando unos desalmados toman la calle como suya, provocan incidentes con la policía, destruyen mobiliario urbano, incendian contenedores y arrasan cajeros automáticos; cuando otros desalmados buscan con lupa rasgos de autoritarismo en la respuesta policial, arropan a los agresores y alborotadores desde la calle, la tribuna o el escaño, nos hayamos en la inquietante situación de la pérdida del principio de autoridad.

Y a partir de ese momento, la calle es del más violento, del más alborotador, del más antisistema, del más radical, y la autoridad policial pasa a ser cuestionada, discutida y, en ocasiones, repelida por la fuerza bruta.

Ha ocurrido este fin de semana en las fiestas del barrio del Pilar. Dos policías municipales, de paisano, cumplían con la labor profesional y ciudadana de auxiliar a una chica que acababa de ser agredida y a la que intentaban atracar. La respuesta a la acción policial, fue rápida y violenta, y desembocó en una auténtica batalla campal, que se saldó con 37 personas heridas y 11 detenidas, dos de ellas, menores de edad.

En esa madrugada de fiesta nadie protestaba por los recortes, ni por el copago, ni por la bajada de sueldo de los funcionarios, simplemente un grupo de desalmados desencadenó una batalla campal por que dos policías habían provocado que no se consumara un atraco, y eso, en una noche de fiesta, de alcohol y desmadre, no se puede tolerar. La policía, de uniforme o de paisano, debe estar en casita durmiendo a esas horas de la madrugada, y no por la calle evitando atracos y auxiliando a víctimas inocentes, porque eso es intolerable en un estado de fiesta sin fronteras.

Eso de reír las gracias a los alborotadores, de defenderlos de la actuación policial, de criminalizar a las fuerzas del orden cuando éstas actúan en legítima defensa y hacerlo a veces desde un escaño, produce tan elevada dosis de irresponsabilidad, que en la calle se pierde el principio de autoridad y cada uno campa a sus anchas, ya sea para protestar, reivindicar, atracar, agredir o saltarse a la torera las más elementales normas de convivencia. Es hora de que muchos empiecen a hacer examen de conciencia y tasen el grado de responsabilidad que tienen en ese estado de peligro que se vive en la calle.

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