Pedro Montoliú | Jueves 05 de julio de 2012
Corría el mes de febrero de 1995 cuando, en una de las reuniones que tuve con el general Manuel Gutiérrez Mellado para hablar sobre la guerra civil en Madrid, me dijo: "Mire Montoliú: hasta que todos y cada uno de cuantos la pasamos no hayamos muerto, la guerra civil seguirá presente en la sociedad española". Aquella frase resumía lo que, en la realidad, yo iba a sentir a lo largo de los dos años siguientes cuando pasé horas y horas escuchando a cincuenta personajes que habían pasado la guerra en Madrid y cuyos testimonios aparecerían en 1999 en Madrid en la guerra civil. Los protagonistas (Silex ediciones). Como pude comprobar casi todos ellos mantenían los mismos principios que les habían hecho situarse en su juventud en un bando, en otro o en la neutralidad más absoluta; algunos, incluso, temían que los enfrentamientos políticos y la tensión de la calle pudiera llevar a la repetir los sucesos de su juventud.
De aquellos cincuenta personajes, quince años después, prácticamente han muerto todos. Quedan no obstante algunos resistentes, entre los que los más conocidos son el político Santiago Carrillo y el escritor Juan Eduardo Zúñiga. El último en abandonarnos ha sido Theo Francos, un simpático francés —aunque vallisoletano de nacimiento— que no dudada en seguir saludando con el puño cerrado cuando se le pedía que posara para el fotógrafo.
Theo tenía a orgullo su pasado: este hijo de emigrantes, que había llegado a Francia con un año de edad, se afilió al Partido Comunista francés en 1930; fue comisario político del batallón Comuna de París, encuadrado en las Brigadas Internacionales; detenido, al final de la guerra, en el puerto de Alicante, encerrado en los campos de concentración de Miranda de Ebro y Porta-Coeli y asignado al batallón de trabajadores de Belchite.
A su vuelta a Francia en 1940 se encontró con su país invadido por los alemanes. Fue entonces cuando Theo decidió volver a la lucha. Marchó a Inglaterra, se hizo paracaidista y participó en las batallas de Tobruck, El Alamein y Monte Casino. En Holanda fue apresado junto a 35 compañeros y fusilado. Salvó milagrosamente la vida gracias a que dos campesinos al día siguiente le vieron mover la mano. Vivió 68 años con una bala alojada junto a su corazón y lo hizo con la pasión de quien ha recibido una segunda oportunidad.
Recuerdo también su empeño en que los jóvenes conocieran lo ocurrido en este país hace 76 años. Creo, sin embargo, que Theo expresaba más un sueño. Los únicos que aún parecen acordarse de lo ocurrido aquellos años son quienes siguen clamando en el desierto por recuperar los huesos de sus muertos. El resto, con los recortes amenazando su futuro, prefieren convivir con una conciencia histórica desvirtuada, pasar página y dejar todo ese período en la consideración de las "batallitas del abuelo".
Los tímidos intentos socialistas de poner en marcha una Ley de Memoria Histórica se quedaron en agua de borrajas. Hoy uno puede tomarse un café en la plaza del Caudillo, en El Pardo; pasear por calles dedicadas a los vencedores y aprender de nuestros eruditos de la Real Academia de la Historia que Franco, ese hombre "de frío valor" cuando derrotó al enemigo tras el "Alzamiento nacional" "montó un régimen autoritario pero no totalitario". Para eso, es mejor que las cosas sigan como están y que los estudiantes de Secundaria terminen el curso sin haber llegado a Alfonso XII.
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