Pedro Montoliú | Viernes 08 de junio de 2012
El 3 de enero de 1924, con asistencia de los reyes de España, abrían sus puertas los almacenes Madrid-París, los primeros con los que contaba la capital. Al estilo de las Galeríes Lafayette, el nuevo edificio destacaba por su fisonomía, muy diferente de la actual, su lujo y la dedicación de su planta baja y las cuatro superiores a comercio. Un cometido que, 88 años después, va a recuperar tras la decisión de Primark de abrir un gran almacén en plena Gran Vía.
El origen de este edificio hay que buscarlo en 1920 cuando se crea la sociedad Madrid-París, vinculada a la sociedad Paris-France que era propietaria de varias tiendas bajo el nombre de “Aux Dames de France” y a la sociedad París-Maroc propietaria de unos grandes almacenes en Casablanca. Ambas sociedades, junto al Banco Hipotecario Español, facilitaron los créditos necesarios para la construcción.
La nueva sociedad pudo así adquirir cinco solares colindantes en el segundo tramo de la Gran Vía –entonces avenida de Pi y Margall- lo que le permitió sumar 3.883 metros cuadrados y, en diciembre de ese mismo año, colocó la primera piedra del que iba a ser el primer gran almacén de la ciudad. El proyecto, realizado por un equipo francés, fue modificado y adaptado a la normativa municipal por Teodoro Anasagasti, autor también de varios teatros y cines madrileños como el Real Cinema, el Monumental Cinema, el Pavón o el Fuencarral.
Tras tres años de trabajo –durante los que se sufrieron varias huelgas de la construcción y hubo que pedir un nuevo crédito a las sociedades francesas y al Banco Español de Crédito- a las 11 horas del 3 de enero de 1924, con presencia de Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia de Battemberg, del gobernador, el jefe superior de policía y otras autoridades, se inauguraba un moderno edificio, construido con hormigón armado, de 25.000 metros cuadrados repartidos en planta baja y siete en altura, que, además de a la Gran Vía, da actualmente a las calles Gonzalo Jiménez de Quesada, Desengaño y Mesonero Romanos.
Los periódicos destacaron la inversión final -10 millones de pesetas-, la lujosa decoración; la utilización de mármoles, azulejos y maderas; la galería cubierta sobre los escaparates de la fachada principal; el grandioso hall; la escalinata de doble cuerpo; la cúpula de 30 metros de diámetro; las dos torrecillas laterales de la terraza que albergaban depósitos de agua, o el salón de té con capacidad para 600 personas.
Asimismo destacaron las novedades técnicas como los seis ascensores y tres montacargas, las 72 bocas de riego para usar en caso de incendio, las 4.000 lámparas con 200.000 bujías que iluminaban el edificio y hasta los diversos automóviles, similares a los adquiridos por las Galeries Lafayatte’, de París, con los que se pensaba hacer el reparto de las compras. La plantilla de los almacenes era de 400 empleados y, según la publicidad, en este gran almacén se podían comprar artículos –desde joyas a sombreros pasando por escopetas de caza o perfumes- a precios que oscilaban entre los 5 céntimos y las 100.000 pesetas.
Problemas económicos
A pesar de los medios utilizados, la fórmula del gran almacén no triunfó de manera inmediata. Un año después, para equilibrar el balance negativo, se decidió alquilar algunas dependencias de las plantas superiores a la emisora Unión Radio. En los años siguientes, la sociedad propietaria siguió perdiendo dinero sin que valiera de nada aplicar nuevas fórmulas comerciales –por ejemplo en 1927 se abrió un departamento de alimentación- o reducir personal.
La situación mejoró, sin embargo, en 1929 lo que permitió a la sociedad ganar 438.000 pesetas. Fue entonces cuando se adoptaron decisiones equivocadas, como la apertura de nuevos comercios, que llevarían a la sociedad a cerrar en verano de 1933. Un año después, el establecimiento fue adquirido por la Sociedad Española de Precios Únicos (SEPU) que rebajó los precios y buscó un público más popular. Previamente se le encargó también a Teodoro Anasagasti la reforma del edificio que creció cuatro plantas, lo que hizo desaparecer la cúpula y las torrecillas; asimismo unificó todas las plantas –las tres superiores en el edificio primitivo estaban retranqueadas para poder instalar la cúpula- y, con la ayuda de su suegro, el también arquitecto José López Sallaberrry, construyó un cine, el Madrid-París que luego, bajo el franquismo, se llamaría Imperial.
El edificio continuó así su andadura: el cine terminó especializando en películas infantiles; las plantas siguieron ocupadas por oficinas, y los almacenes SEPU, que adquirieron gran popularidad derivada de sus campañas publicitarias -“Quien calcula compra en SEPU”-, sus Semanas del Duro o la instalación de las primeras escaleras mecánicas que se pusieron en Madrid., aguantaron bien hasta los años 90.
A partir de 1994 la sociedad, sin embargo,comenzó a tener problemas económicos, lo que provocó varias suspensiones de pagos hasta que, finalmente, el 15 de octubre de 2002, los almacenes cerraron sus puertas. Posteriormente se produjo una nueva reforma de los bajos comerciales para su alquiler. La ubicación del edificio permitió que los distintos locales fueran alquilados sin problemas, en su mayor parte a empresas dedicadas a la moda.
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