Sucesos de Madrid hoy

Mohamed Merah, ¿psicópata o terrorista?

Janire Rámila Díaz | Viernes 30 de marzo de 2012
Tras un asedio de 32 horas de duración, Mohamed Merah, el asesino de siete personas en la localidad de Toulouse, fallecía abatido por los disparos de las fuerzas de élite francesas el pasado 22 de marzo. Un suceso que ha despertado numerosas incógnitas sobre la personalidad y auténtica motivación de este chico de 23 años de edad.

Lo primero que habría que señalar es que Mohamed Merah no pertenecía a ningún grupo terrorista y que tampoco se entrenó en un campo afgano, como llegó a apuntarse en los periódicos. Los propios investigadores del caso han desmentido este supuesto y, hasta el momento, ninguna prueba o indicio apunta a esa posibilidad. Para los psiquiatras que han estudiado el caso, este dato situaría al muchacho en una categoría muy especial de criminales, la de los asesinos movidos por una misión. Bajo esta categoría se encuadran aquellas personas que creen haber nacido o haber sido señalados para cometer un acto concreto. Sus vidas solo tienen sentido si se cumple ese objetivo y a ello se encomiendan hasta las últimas consecuencias.

Puede ser que Mohamed Merah se considerase un elegido -él afirmó haber sido escogido por Al Qaeda para atentar en Francia, aunque la organización lo ha desmentido-, pero también es cierto que sus allegados afirman que el chico vivió un proceso de radicalización, lo que apunta más a un móvil de odio. Por un odio generado con el paso de los años. Un odio hacia aquellos estamentos que en su mente representaban los grandes enemigos de un islamismo que le fue cautivando cada vez más: el Ejército francés y el Judaísmo, los dos ámbitos a los que pertenecían sus siete víctimas. En este sentido, Mohamed Merah no veía a sus víctimas como personas, sino como símbolos. Esto explicaría su intención declarada de "poner al Estado francés de rodillas" y también la enorme sangre fría demostrada, acercándose a las víctimas para rematarlas en el suelo o persiguiéndolas pistola en mano hasta alcanzarlas a bocajarro. Así lo demuestran también las palabras que formuló durante las negociaciones que mantuvo con la policía, cuando aseguró que todo lo hizo para "vengar a los niños palestinos" y para "responder a las intervenciones militares de Francia en Afganistán".

Ya lo señaló el psiquiatra francés Jean-François Abgrall cuando se conocieron los tres primeros asesinatos, "el asesino ha entrado en una guerra". Y así lo ratificó el propio Mohamed Merah nuevamente durante el asedio, anunciando que había preparado más ataques contra instituciones judías, así como contra dos altos mandos policiales: el jefe de la brigada anticrimen de Toulouse y el miembro de la Dirección Central de Inteligencia Interior que le interrogó a su regreso de un viaje a Pakistán. Una guerra que no podía acabar bien para él y en la que, consciente de poder ser detenido, ya había preparado su final. Cómo si no entender la gran cantidad de armas que poseía en su domicilio, que recibiera a los policías con disparos nada más llamaron a la puerta y que dilatara la negociación de forma bien estudiada.

Tanta preparación exime a Mohamed Merah de padecer una enfermedad mental grave. Porque nadie que esté loco mide con tanta precisión sus pasos. Recordemos que antes de comenzar a matar acudió a un concesionario de motos para anular el localizador de su motocicleta y que supo tender una trampa a uno de los soldados tiroteados, escribiéndole a un mensaje de correo electrónico. Se debate si se trata de un psicópata, pero tal posibilidad va a ser difícil de averiguar, ya que asegurarlo pasaría por realizar una entrevista personal al sujeto y eso ya no es posible. Sí es cierto que algunos aspectos de su vida apuntan a esa posibilidad, pero otros muchos no. Además, la mayoría de los terroristas no son psicópatas. Los miembros de ETA son un buen ejemplo de ello. Los crímenes por odio o por venganza suelen ir por otros derroteros ajenos a la psicopatía, lo que tampoco quiere decir que la excluya.

Si tuviera que clasificar a Mohamed Merah, personalmente lo incluiría en una categoría intermedia entre los asesinos seriales y los asesinos de masas. En los primeros porque espaciaba sus crímenes, y en la segunda porque en cada ataque acababa con la vida de varias personas. Pero creo que está más cerca de los asesinos de masas. Y es que su comportamiento me recuerda poderosamente a otros asesinos de esta categoría tan famosos como Eric Harris y Dylan Klebold, los dos adolescentes que en 1999 terminaron con la vida de 15 personas en la Escuela de Secundaria de Columbine, o como Cho Seung-Hui, el estudiante que mató a 33 personas en la Universidad de Virginia Teach.

En ambos casos, y como Mohamed Merah, sus autores actuaron por odio y venganza hacia personas a las que culpaban de sus frustraciones. También en los tres supuestos, los asesinos utilizaron armas de fuego, acabaron con un gran número de víctimas, estaban preparados para afrontar su final y prepararon los actos con mucha antelación. Por si esto fuera poco, en los tres casos sus protagonistas dejaron grabaciones de sus actos o de sus intenciones. Cho Seung-Hui llegó a enviar por correo una cinta con sus intenciones a un periódico local y Mohamed Merah hizo lo propio, mandando una memoria USB con la grabación de los asesinatos a la oficina de la cadena de televisión Al Yazira en París. Grabar los actos indica una intención de perdurar en el tiempo, de ser reconocido, de difundir "una obra personal". De ahí que Mohamed Merah portara una cámara pegada al pecho durante sus ataques, porque deseaba mostrar al mundo de lo que era capaz y que estos le recordasen para siempre por sus asesinatos.

Si es así, esta actitud denotaría no solo odio, sino un vacío en su vida diaria, una inconformidad y rebeldía mal canalizada con la existencia que le tocó vivir. Es por esto que se apunta a la pobreza, a la marginación social en la que viven millones de personas, a la falta de oportunidades, la soledad, la falta de arraigo… como el origen de muchos episodios de violencia, asesinatos como los protagonizados por Mohamed Merah incluidos. Aunque también habría que realizar un último apunte. No todas las personas que sufren ese abandono social y pobreza se convierten en asesinos. Matar es una opción personal y, por ello, quien lo hace no puede eximirse en la pobreza, debiendo pagar ante la Justicia por su actuación. Otra cosa diferente es que entre todos trabajemos para que estas situaciones no vuelvan a producirse, algo que está muy lejos de convertirse en realidad.

Janire Rámila Díaz
Licenciada en Periodismo, Derecho y máster en Criminología y cofundadora de la empresa de servicios criminológicos Grupo Detecta