Pedro Fernández Vicente | Miércoles 14 de marzo de 2012
Así en principio no está mal. Como España ha ganado prestigio en el panorama internacional, digamos que se nos conoce más, pues las cosas tienen que cambiar. Desde ahora la estación de Sol pasa a ser Galaxy. Es decir con varios soles. No está mal. Será fácil vender esta nueva idea de poner nombres más exóticos a las estaciones de metro.
Esta claro que lo que no se les ocurra a los publicitarios no será capaz de nacer en ninguna otra mente. Es la profesión de los creativos de verdad, de las ocurrencias, de la incorporación de tantas y tantas novedades en nuestra rutina cotidiana. Y solo por eso, por romper tanta monotonía, deberíamos valorar algo más su presencia entre nosotros. Hay demasiado desprecio hacia la promoción de lo comercial. Sin embargo, la publicidad es arte, es creación, representa a los nuevos caminos de expresión, es la síntesis de la comunicación. No se pueden decir más cosas en menos tiempo. Y entre las que dicen, las que insinúan y las que les atribuyen los especialistas del análisis conceptual, un mensaje publicitario podría ser un libro de quinientas páginas. Pero más allá de su propia actividad estamos ante un sector que también es laboral, social y cultural.
Pero dejemos la publicidad porque lo que nos ha traído hasta aquí es esa nueva moda, en España, de emparejar el tradicional nombre de las estaciones de metro con las marcas comerciales. Polémica idea. No faltarán los críticos de fácil reflexión que le atribuyan a esta práctica maldades imaginarias por la presencia del dinero, los beneficios, la compra venta y de la misma publicidad. Tampoco faltarán los que se apunten al carro de aceptar cualquier cosa siempre que pueda servir para que el billete sea más barato o similar.
Pero esta cuestión puede tener su importancia. El anuncio de que la estación de Sol llevará ligado, a partir de ahora, el de un móvil de la marca Samsung, se queda en pura anécdota si pensamos en la dimensión que puede adquirir este tipo de publicidad si se extiende por la red de metro, sin llegar a saturar, cambiando de nombre todas las estaciones afectadas. Quizá no podamos imaginarlo ahora, pero, es posible, que suponga un cambio de costumbre entre los usuarios aunque solo sea porque además de aprenderse el nombre de la estación de Metro en la que vive, necesitará recordar que Carrefour o El Corte Inglés le permite vivir en Vallecas, Plaza Castilla o Cuatro Caminos.
La idea no está tan mal. Al fin y al cabo hace muchos años que el Metro ya es un lugar de encuentro con la publicidad. Esto sólo es dar paso más para aprovechar un espacio que permanecía al margen del monstruo publicitario. Pero una cosa es cierta, los aplausos serán mayores si la llegada de esta nueva versión de la difusión comercial aporta lo suficiente a las arcas correspondientes para que nuestro Metro siga siendo posible sin subir el precio del billete. Y si, además, consigue que la red crezca, pues mejor.
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