Antonio Castro | Lunes 12 de marzo de 2012
Mario Gas anuncia públicamente el abandono de la dirección del teatro Español, que ejercía desde el año 2004. La contratación de Natalio Grueso como Director de programación de Artes Escénicas en los espacios municipales parece haber sido el detonante de la decisión de Gas, cuyo contrato fue renovado poco antes de la salida de Alicia Moreno del Área de las Artes. El próximo 30 de julio dejará oficialmente la dirección.
Desde que se conoció la decisión bastantes voces se han alzado lamentando la pérdida para el coliseo municipal y para el teatro madrileño en general. También hay sectores de la profesión escénica que se alegran con esta salida. No obstante, nada impedirá al director volver a estos y otros escenarios con producciones propias o ajenas. Así podremos seguir disfrutando con su trabajo.
Cuando Mario llegó al Español gozaba de una merecida fama como actor y, sobre todo, director de escena. Tengo, como espectador, algunos de sus montajes entre los mejores que he visto: El zoo de cristal, El tiempo y los Conway, Sweeney todd, La reina de la belleza de Leenane, La muerte de un viajante... Pero no comparto su modelo de gestión para un teatro público. En su haber de estos ocho años figuran hechos relevantes, como la puesta en marcha de las Naves de Español, en Legazpi, y la apertura de la sala II del Español, casi siempre con el cartel de “No hay localidades”. Y haber traído al teatro de la plaza de Santa Ana muchos espectáculos de relumbrón –y calidad- que han conseguido un porcentaje de ocupación muy estimable.
Ahora bien ¿un teatro municipal debe convertirse en escaparate de montajes espectaculares y caros con representaciones muy escasas? ¿Debe dinamizar la vida escénica de la Capital apostando por un teatro de calidad, accesible para el mayor número posible de espectadores? La programación de un espacio a golpe de talonario no parece que sea difícil. En el refranero español hay uno que afirma que con buen instrumento sexual, bien se hace el amor. Dicho finamente, claro.
Durante muchos años las producciones extranjeras o nacionales de especial interés se programaban en los festivales. Primero fue el Internacional de teatro, más tarde el de Otoño y ahora (o cuando toque) el de Primavera. Pero en las últimas temporadas copan los teatros institucionales en su programación regular.
Previsiblemente el área municipal de cultura sufrirá un recorte económico importante en las próximas semanas. No creemos que vuelvan a ser posibles hamlets, follies, Mendes o Baryhsnikov… No debe ser cuestión prioritaria la rentabilidad económica de un proyecto público –tampoco un dispendio ruinoso- pero sí la social. Los contribuyentes madrileños son empresarios de los teatros municipales pero, con la dinámica actual, apenas unos pocos miles de ellos pueden acudir como público a los espectáculos que financian. Otro tanto podríamos decir sobre las decenas de productores teatrales privados que, con sus impuestos, ayudan al Español o a las Naves de Legazpi. Y estas empresas ¿tienen acceso a presentar o coproducir en el teatro que sufragan? Si repasamos la programación de los últimos años, parece evidente que no.
El teatro Español lleva más de cuatro siglos como centro escénico de Madrid desde su apertura como corral en 1583. Unas veces gestionado por cofradías, otras arrendado a empresarios privados y, en las últimas décadas, en las manos directas de su propietario, el Ayuntamiento. No se entiende la historia de la escena española sin este espacio, en el que estrenaron desde Calderón y Lope a Benavente, García Lorca o Buero Vallejo.
Nada ha anticipado el señor Grueso sobre su plan de trabajo. Tiene en sus manos al menos tres espacios con dos salas cada uno: Español, Fernán Gómez y Naves del Matadero. Además de las nuevas sala del Conde Duque, que casi nadie sabe que existen. Y le queda un muerto, nunca mejor dicho: el teatro Madrid de la Vaguada que parece olvidado del todo. Tampoco sé si el flamante director trabajará bajo el paraguas del MACSA, esa sociedad omnipotente en los últimos años. Pero, teniendo tantos escenarios en su mano, no estaría de más racionalizar el gasto en consumibles como escenografías, vestuario, iluminación… a través de una central de compras que pueda obtener precios ventajosos. Y en tiempos de crisis tremenda, apoyar a los cómicos, directores, escenógrafos, produciendo o coproduciendo espectáculos que puedan proporcionar empleo durante unos meses al mayor número posible de profesionales. Todo ello manteniendo el rigor artístico que se debe a una institución como el Español y similares. Unas producciones de dimensiones razonables podrían ofrecerse para giras en un intento de llegar al mayor número posible de espectadores y de lograr alguna amortización del gasto, tanto el desembolsado por la Administración como por los productores privados.
Es mi humilde opinión. Creo que en estos tiempos es mucho más rentable una política artística que dinamice un sector especialmente deprimido que otra basada en los fuegos artificiales. De estos últimos, tras la traca, no queda más que humo. Hay que abrir el teatro público a nuevos directores, autores, actores, iluminadores, etc. para que sirva de plataforma, como en los últimos siglos, a las generaciones futuras del teatro en España. Así se hará cultura. Con estrellas pagadas a precio de oro solo se consigue publicidad.
Antonio Castro.
Cronista de la Villa de Madrid
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