Opinión

Caminos de hierro

Sara Medialdea | Lunes 28 de noviembre de 2011
Cuando en 1851 se construyó la línea férrea entre Atocha y Aranjuez, esta última localidad tenía 10.800 habitantes, y Madrid no llegaba a los 700.000. Con el paso del tiempo, este trayecto sería parte de la línea C-3. Por las mismas fechas, se abre al público la línea Madrid-Villalba-El Escorial, que comunicaba la capital con esta última localidad de entonces apenas 3.300 vecinos. Cien años después, era parte de las líneas C-8a y C-10. En el último tercio del siglo XIX, abrió la línea Madrid-Torrijos, sobre la que luego se construiría el tramo de la actual C-5 hasta Fuenlabrada. La localidad fuenlabreña la ocupaban entonces 2.200 habitantes; hoy supera los 182.000. Y en 1891, el tren de vía estrecha salía de la antigua estación de Goya (en Latina), y paraba en Alcorcón y Móstoles –como hoy la línea C-5-, un pueblo de entonces 1.300 residentes, y que ahora cuenta con 196.000 vecinos.

El tren de Cercanías y Madrid han crecido. Y mucho. Tanto, que ahora la región ha multiplicado por seis su población, y la red entonces naciente de ferrocarril de cercanías es ahora una completísima malla que se extiende desde la capital como una gigantesca tela de araña, y capaz de transportar en sólo un trimestre –enero a marzo de 2011- a más de 60 millones de viajeros.

Lejos quedan los tiempos (1933) en que el ministro de Obras Públicas, Indalecio Prieto, tuvo la ocurrencia de construir un túnel entre la estación de Atocha y la nueva que se construiría en el norte y llamarían de Chamartín. La prensa crítica de entonces no le daba mucho crédito, y llamaba al proyecto el “túnel de la risa”. Hoy sigue en pie, atravesado a diario por decenas de convoyes, y comparte el trabajo con otras dos infraestructuras similares –la última aún en construcción.

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