Adolfo Suárez | Jueves 03 de noviembre de 2011
Puede que debido a su romanticismo, Mariano José de Larra dejará de lado el indudable guiño al destino que fue enamorarse de alguien llamado Dolores. De algún lado tenía que venir aquello de "No me llames Dolores, llámame Lola", porque hay que reconocer que el nombre se las trae. Aunque también puede ser que le hubiese pasado lo mismo con una mujer que que tuviera de nombre María o Adela, que seguramente fueron sus ojos, su manera de moverse o las frases de sus labios lo que le hizo beber los vientos por la Armijo, que era ese su apellido.
El caso es que la historia, como más o menos todos sabemos, acabo de la peor manera posible. Con una visita de Dolores un 13 de febrero de 1837, martes de carnaval para más señas, para pedirle a Mariano sus cartas de amor y dar por terminada así del todo la relación. Puede que fuera porque la chica iba con escolta (de amiga o cuñada, según las fuentes), nuestro escritor no pareció tomárselo mal, y sereno pareció cuando le entrego el paquete entrelazado de aquellas cartas e indicó al criado que les acompañara a la salida. Pero era carnaval, y nadie ha dicho que las máscaras sean siempre de comedia. Desde la escalera, Dolores y su amiga y/o cuñada debieron oir algo parecido a un portazo. Y no estarían muy alejadas de la realidad, porque el disparo que Larra se dio en la sien fue poco más que eso, un portazo a la vida que tanto le dolía, que tanto creía él le había quitado. De poco le sirvió su fama o su genialidad, que Madrid tanto amaba. En ese momento, todo debía estarse yendo bajando los escalones hacía la calle Santa Clara.
La primera en ver el cadáver de Larra fue su hija mayor, Adela, que había entrado en el despacho para saludarle con un beso, como hacia diariamente. Siendo el final de la vida de un genio, fue también el episodio que dio comienzo a las peripecias de sus hijos, un poco más prosaicas, un poco menos conocidas. Mariano había estado casado, no muy felizmente, con Josefa Watoret, y si bien la unión no le había dado demasiadas sonrisas a ninguno de ellos, si que les había dejado tres hijos: Adela, Baldomera y Luis Mariano.
Adela, que tuvo la mala suerte de contemplar la despedida de su padre con el corazón roto, tuvo la lógica salida de dedicarse a romper los corazones de los demás, y se convirtió en la mujer más codiciada de Madrid, paseo de Carruajes de la Castellana arriba, paseo de los carruajes de la Castellana abajo. Guapa, dicen, sofisticada, insisten, algo así como una Femme Fatale, pero con aroma mixto de chulapa y Lavapies, que por algo la llamaban "La Dama de las Patillas". Podríamos decir que traía a medio Madrid, el masculino, por la calle de la amargura. Y no se los llevaba normalitos, no, que fue llegar el rey ese de Saboya, el amigo Amadeo, y cazarle a base de miraditas por aquí y gestos por allá. Nada que pudiera soportar el Rey, por lo visto, que entre que le tenían quemado por lo que significaba ser el monarca de esto que seguimos llamando España y que su mujer andaba por las Italias, la terminó enviando un ramo de rosas en el Teatro Español con un mensaje que decía "De un italiano que se siente muy sólo". Por lo que cuentan, aquello fue breve pero intenso, más o menos como el reinado de Amadeo, que terminó embarcado en un tren para Lisboa de una manera un tanto gris y casposa. De Adela poco más se sabe, aunque bien la podríamos imaginar terminando sus días viendo Madrid desde una terraza cualquiera, añorando paseos en carroza y amoríos reales, acordándose de, como decía Moix, el amargo don de la belleza.
El único varón hijo de Larra fue Luis Mariano. Al zagal le dio por seguir los pasos de su padre, o más bien seguir las letras, y se convirtió primero en periodista, para pasar más tarde a ser autor de comedias y libretista de zarzuelas, con cierto éxito. La más conocida fue "El Barberillo de Lavapies", junto con el reputado compositor Barbieri. Nunca llegó a ser tan conocido como su padre, pero tampoco se le dio del todo mal. Al menos se dedicó a la comedia y a las sonrisas, que bastante drama le había dejado ya el amigo Don Mariano.
Quizás Luis Mariano hubiera escrito la novela de su vida si se hubiera dedicado a glosar las vidas de sus hermanas. Si ya hemos hablado de la de Adela, que sin duda tenía chicha de sobra para ser un buena historia, la de su otra hermana, Baldomera, no era para menos. Bien casada en un principio con el médico del Rey Amadeo (curiosamente), cuando este se ve medio obligado, medio "ya era hora" , a dejar España, el médico también tiene que salir por patas, y acaba escapando a las Américas dejando a Baldomera básicamente con lo puesto y cuatro bocas que alimentar mas la suya propia. Pero si sus hermanos habían heredado la seducción y el genio literario (al menos en parte) de "Figaro", Baldomera debió hacerlo con la parte "echá pá lante", asi, todo seguido.
Con su último vestido decente, se presento a un prestamista quien le concedió una onza de oro a crédito. Para pagar los intereses de ese préstamo, no hace otra cosa que acudir a otro, y luego repite la jugada algunas veces más. Hasta tal punto le debe salir bien el truco que ni corta, ni perezosa, decide colocarse ella misma al frente de un negocio al que pomposamente llama "Caja de Imposiciones" (Aunque todo el mundo le llamaba "El Banco de los pobres"). Ella solita, Baldomera, acababa de crear lo que ahora llamamos "Estafa Piramidal". Se puso un local en la Plaza de la Paja, y durante todo un año logró que el invento le funcionara. Justo, justo, hasta que tuvo que hacer frente a los primeros intereses anuales que, lógicamente, no podía abonar.
Pero eso si, clase tenía casi tanto como morro. El 4 de diciembre, con sus mejores galas, se va a su Palco del Teatro de la Zarzuela y asiste a la representación, que bien pudiera ser, porque no, obra de su hermano en el libreto. Al terminar, tranquilamente se larga a Francia y deja con un pasmo a quien pretendiera cobrar los intereses. Pasa un par de años entre Francia y Suiza, disfrutando de lo que han dejado de disfrutar sus engañados, pero al final la trincan y la devuelven a Madrid. Pero, como cantaba una copla de la época...
El dinero que era nuestro,
Baldomera se llevó
Baldomera ha aparecido,
pero nuestros cuartos no
Sin embargo, a pesar de lo que pueda parecer, la cosa no le fue tan mal a Baldomera como se podría pensar a raíz de haber robado tanto y a tanta gente. Parece ser que, a pesar de todo, la gente le tenía cariño, y de una condena inicial de 6 años, tan sólo pasó tres en la cárcel, absolviéndola por petición popular el gobierno en 1881. Termino sus días en Cuba, anciana e imagino que recordando los viejos y mejores tiempos.
Visto lo visto, Mariano Jose de Larra no sólo nos dejo sus escritos, sino que tuvo el detalle de dejarnos tres hijos para que otros tuvieran tema sobre que escribir. Genial siempre, desde luego.
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