Lucía de la Fuente | Martes 25 de octubre de 2011
Baldomera tiene 104 años y una prole de hijos, nietos y biznietos. Anda despacito y con ayuda, usa gafas, dentadura postiza y hay que hablarle un poco alto. Su cabeza sin embargo está bien lúcida. Conserva la memoria y tiene opinión sobre casi cualquier tema.
El otro día se cayó y ahora está en el hospital. "¡Hola abuela! ¿cómo estamos hoy? ¿Has cagado ya?", preguntó ayer una enfermera. Dudo muchísimo que la sanitaria lo hiciera con mala intención, dicho sea de paso, pero recibió la siguiente respuesta: "Señorita, abuela solo me llaman mis nietos y, por favor, no vuelva a preguntarme delante de la gente si he cagado o no".
Preguntas como la que le hicieron a Baldomera, en ese mismo tono, se repiten cada día en centros geriátricos y residencias. Eso se llama infantilización. Hablar a los mayores como si fueran niños, como si no entendieran. Hacer como si su intimidad fuera menos importante que la de los demás. Perderles el respeto de manera sistemática. También pasa dentro de las propias familias. Dar por hecho que los mayores 'no se enteran de nada'. Ni se les pide opinión, ni se les tiene en cuenta. Consciente o inconscientemente, se les ningunea.
La mayoría de ellos asume esa infravaloración social. No protestan. Asumen que en las sociedades 'desarrolladas' ser joven es un tesoro. Solo los jóvenes son guapos, solo ellos parecen tener derecho a divertirse. Sus opiniones se oyen con más fuerza. Sus decisiones son más válidas.
Ser joven, sin embargo, es fácil. Casi todos llegamos a jóvenes. No son tantos los afortunados que, como Baldomera, llegan a ancianos con la cabeza funcionando. Tratémosles con el respeto y admiración que merecen.
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