Opinión

La muerte de un torero

Ángel del Río | Lunes 24 de octubre de 2011
Madrid ha estrenado en lunes su temporada de lluvia otoñal. Quizá no sea una casualidad de la caprichosa meteorología el que la sequía se haya prolongado, sino que el cielo de Madrid ha querido romper a llorar con la muerte de un torero, de uno de sus diestros más ilustres, Antonio Chenel, Antoñete, a quien el toro de la vida dio el pasado sábado un cornalón de muerte que le atravesó los pulmones. Madrileño, castizo, chulo en el porte, obrador de filigranas con el capote, capaz de trazar arabescos con su capa sobre el redondel; tan torero, que vivió en la mismísima plaza de toros de las Ventas, que es como haber vivido en la sacristía de la basílica de San Pedro. Torero del mechón blanco, fumador empedernido, vivió como  los viejos toreros, día a día, de pasión en pasión, de la opulencia a la austeridad. Nunca perdió su fina estampa de matador, ni siquiera cuando ya estando en la edad en la que todo el mundo se jubila, él se vistió de luces y se apoyó jadeante sobre las tablas porque no podía respirar, porque sus pulmones les estaban apretando el pecho. Toreó en Las Ventas con 66 años y cuajó faena de puerta grande.

Esa última cornada de la vida no la ha podido superar el torero, cuyo cuerpo yace inerte sobre catafalco grana y oro, dentro de ese cofre de andanadas, arena y sangre que es una plaza de toros, la primera plaza de toros del mundo, hoy capilla ardiente de uno de los mejores toreros de la historia. Saldrá por la puerta grande, ya su corazón terciopelo ajado.

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