Sara Medialdea | Martes 11 de octubre de 2011
Era 12 de octubre. El alcalde acompañaba al presidente del Gobierno, como cada año, y ambos esperaban al Rey al inicio del desfile de las Fuerzas Armadas, en el paseo de la Castellana. Pero aquel día, el discreto Ruiz-Gallardón dejó de ser políticamente correcto. Los fotógrafos y cámaras de televisión pudieron ver cómo la espita se abría y el regidor iniciaba una conversación algo más que airada con el presidente Rodríguez Zapatero. De fondo, el problema económico de Madrid. Y una petición muy concreta del alcalde: un poco de aire.
Lo pedía en forma de lo que él entendía como justo: poder hacer lo mismo que el propio Gobierno central y las comunidades autónomas tenían permitido, refinanciar su deuda. La capital, ahogada en sus propias macroinversiones y aún más perjudicada por la caída fulminante de ingresos que la crisis trajo consigo, se encontraba a unos meses de las elecciones y literalmente entre la espada y la pared: no llegaba el dinero para pagar a los proveedores, cuyas facturas se acumulaban mes a mes en el despacho del concejal de Hacienda, y los operarios de las principales empresas de servicios amenazaban con huelgas porque no cobraban. Ruiz-Gallardón pedía árnica, pero lo hacía en la puerta equivocada.
Porque en política no existe el término "compasión", y las elecciones municipales y autonómicas estaban muy cerca. Por eso, vio como el presidente, visiblemente sorprendido por su salida de pata de banco, le emplazaba a enviarle sus peticiones por escrito y se comprometía a responderle. Y lo hizo, alrededor de un mes después. Le citó en Moncloa con toda la ceremonia posible, testigos-periodistas incluidos, para una vez allí darle con la puerta en las narices. No habría refinanciación. Madrid parecía abocada a subir los impuestos, justo antes de las elecciones, si quería salir de aquello. A más de un responsable municipal la cuestión le quitaba, literalmente, el sueño. Pero al final se encontró la manera de sortear la situación, llegar al 22 de mayo y ganar los comicios.
Ahora, un año después, el alcalde y Rodríguez Zapatero vuelven a encontrarse en el mismo escenario. Pero las circunstancias son muy diferentes para ambos. Ahora, Ruiz-Gallardón ya no tiene nada que pedirle. Y Rodríguez Zapatero tampoco está en condiciones de dar prácticamente nada.
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