Alberto Ruiz-Gallardón ha conseguido su objetivo: llegar al Congreso. Y lo ha hecho por la vía de la discreción y la paciencia. La experiencia previa de los últimos años le ha enseñado que esta era la mejor estrategia para conseguirlo.
Corrían finales de 2007 cuando Alberto Ruiz-Gallardón anunció públicamente su deseo de ir en las listas de Mariano Rajoy al Congreso. Casi todo el mundo lo daba por hecho, incluso dentro del PP.
El partido se lo debía, después de haber aceptado la 'degradación' que le supuso pasar de ser presidente de la Comunidad de Madrid a ser el alcalde de la capital. José María Aznar le había enviado a un cuadrilátero complicado, con una Esperanza Aguirre que se hizo rápidamente con las riendas del PP de Madrid y una número 3 inexperta en las labores políticas: Ana Botella, esposa del ex presidente.
El alcalde siempre había vendido hasta ese momento que
el mejor cargo que podía ostentar para trabajar por la sociedad era ser alcalde, porque podía estar en contacto con la gente. Sin embargo, cuando comenzaron a confeccionarse las listas, el primer edil se preparó para
el salto con emoción y absoluta confianza en que Mariano Rajoy le pagaría la deuda del partido.
Aguirre entra en escena
No se esperaba el primer edil que la presidenta regional entrase en escena, llevando su enfrentamiento político hasta el clímax.
Aguirre amenazó con
solicitar también ir en las listas, lo que obligaba a unas nuevas elecciones regionales, algo que supondría un desgaste para el partido en las urnas. Rajoy pasó por el aro de la 'lideresa' y
se dejó al alcalde por el camino. Ruiz-Gallardón pasó entonces por sus momentos más duros. Entró en un período de reflexión y
amenazó con abandonar la política. Solo fue un amago. Pronto anunció que vinculaba su continuidad a la viabilidad de la candidatura de Madrid 2016.
Cambio de estrategia
Esa reflexión le sirvió para cambiar de estrategia. El primer edil mostró un exacerbado 'marianismo', convirtiéndose en
el principal heraldo de Rajoy, incluso tras la derrota electoral y los momentos de incertidumbre en el Congreso de Valencia en que se vio peligrar su presidencia ante Esperanza Aguirre. Ruiz-Gallardón consiguió así regresar a
la dirección general del PP y llevarse a Manuel Cobo, defenestrado políticamente tras la derrota por la dirección de los populares de Madrid.
En el Ayuntamiento, continuó con
un perfil bajo, reduciendo sus intervenciones en prensa a entrevistas puntuales en determinados medios de comunicación afines, y desapareciendo de las comparencias por la Junta de Gobierno, único momento en que hasta entonces respondía a los medios. La derrota olímpica supuso un varapalo pero le sirvió para aumentar su visibilidad de nuevo.
Anunció que repetiría mandato por tercera vez, aunque su proyecto estaba calculado para dos legislaturas. Entonces,
solo quería ser alcalde.
Inició entonces, acuciado por los problemas de la deuda municipal, una
campaña de crítica al Gobierno central por el retraso de la segunda descentralización financiera hacia
los municipios. Trató de abanderar las quejas por la negativa del Estado a que los municipios refinanciasen su deuda, hasta el límite de discutir con José Luis Rodríguez Zapatero
en pleno desfile de las Fuerzas Armadas.
Incompatibilidades
En cuanto a su salto al Congreso, reculaba. No iba a cometer el mismo error otra vez.
Esperaría a que el partido le llamase para las funciones que considerase oportuno. Sin embargo, comentó que
los ministros tenían mayor capacidad de ayudar a los ciudadanos que los alcaldes, por el presupuesto que manejaban. El adelanto de las elecciones le convirtió entonces en uno de los principales protagonistas de las listas del Partido Popular. La cesión del protagonismo en la candidatura de Madrid 2020 a
Alejandro Blanco incrementó las habladurías. Unos hablaban de que había pedido la cartera de Defensa, otros hablaban de la de Fomento...
La incompatibilidad de cargos es el principal problema de cara a la opinión pública que tiene Ruiz-Gallardón. Aseguró en numerosas ocasiones que iba a seguir de alcalde toda la legislatura. El salto al Congreso, siguiendo como alcalde, solo es posible si se mantiene como diputado raso. Demasiado poco para su caché político. El único cargo al que podría acceder manteniendo su estatus de regidor sería portavoz del Grupo Popular. Lo lógico sería que accediese a un ministerio, pero eso supondría desdecirse de la promesa hecha a los ciudadanos, algo que Ruiz-Gallardón lleva a gala en público y en privado.
En el nuevo salto, Rajoy le ha colocado en un puesto de clara salida, junto a los nombres que más suenan a ministrables, como Soraya Sáenz de Santamaría o Ana Mato. Mientras tanto, en Génova
esperan que el alcalde le deje todo preparado a su más que probable sucesora, Ana Botella, que no contará con Cobo, que suena para secretario de Estado de Deportes.
En el seno del Grupo Popular municipal, el cambio puede suponer un verdadero terremoto. La estructura de Gobierno de Ruiz-Gallardón centra en sus delegados de confianza la gestión de la mayor parte de las competencias del municipio. La desaparición de los dos pesos pesados pondrá a la esposa del ex presidente, neutral en los conflictos entre Aguirre y el alcalde, en el aprieto de
lidiar entre las facciones que existen en la formación. El traslado de los antiguos jefes puede provocar que la antigua mayoría de gallardonistas que salvó
la portavocía de Cobo, después de
las declaraciones sobre el Gobierno regional que le valieron
una suspensión, se convierta en minoría y que los aguirristas tomen su cuota de poder en el nuevo orden municipal.