Adolfo Suárez | Jueves 15 de septiembre de 2011
Madrid fue tierra de frontera. Guardián de caminos polvorientos hacia campos cercanos de batalla y campo ella misma muchas veces. Tuya, mía, se decían las huestes de moros y cristianos en un sempiterno juego de espadas, lanzas, cotas de mallas y demás artilugios de combate. Mientras, aquellos madrileños a lo suyo, intentando sacar adelante sus campibiris y que no les viniera en gana a los pesaos de los combates en pisarles las legumbres con los caballitos los cojones.
Así que esta ciudad fue una especie de Fort Madrid, sin que me atreva yo a decir con que bando identificaría los apaches y con cual los yanquis, aunque me da que lo que se dice más civilizados lo estaban más los de la media luna que los de la crucecita. Sin embargo, cosas de la historia, estos últimos fueron los que al final terminaron quedándose con Madrid. Y según fue perdiendo su condición fronteriza de puesto avanzado, se hizo más clara la necesidad de dotar a la población de unas leyes más acordes con los relativamente tranquilos tiempos.
Andaba con la corona castellana en la cabeza el octavo de los Alfonsos, cuñao de Ricardo Corazón de León para más señas. Y como la PS3 no furulaba demasiado bien por esas épocas, la principal diversión seguía siendo darse de hostias con los moros. Pero eso salía caro, y el pueblo tragaba en pagar las batallitas, pero a cambio pedía algo más que sonrisas, por muy monárquicas que fueran. Y así, las diferentes poblaciones fueron consiguiendo sus Fueros, con la conformidad del monarca.
Y es aquí donde los de Fort Madrid se la metimos doblada al Rey. Porque sin contar con él, el Concejo de Madrid se saco el primer Fuero de la ciudad, su propia "Constitución", podríamos decir, que presento al monarca como un hecho consumado. Era el año 1202, y ese documento aún se conserva en el Archivo Municipal. 26 páginas con 108 disposiciones que pasarían a regular la vida cotidiana de la Villa. Y comienza así, tras las consabidas invocaciones al espíritu santo:
Esta es la carta que hace el Concejo de Madrid a honor de nuestro señor el Rey Alfonso y del Concejo de Madrid, de donde los ricos y los pobres puedan vivir en paz y conservación (del derecho)
Ricos y pobres en paz. No es mal deseo, desde luego. Ni fácil. Para intentarlo, por ejemplo, se decía que "Todo aquel que golpeare a vecino, o a hijo de vecino, con lanza, o con espada, o con cuchillo, o con porra, o con piedra, y le hiciere heridas, confirmado con dos testigos, pague 12 maravedíes a los alguaciles". Dado la exactitud de las posibles armas mencionadas, lo mismo si atizabas al vecino con un candelabro, por ejemplo, te librabas: "Ah! lo siento, de candelabros no decía nada...". Unos cachondos, estos madrileños del siglo XIII. Si en lugar de herir, la cosa era más seria y el vecino resultaba muerto, la broma te salia por 100 maravedís. Mala cosa, tanto hablar de ricos y pobres, para luego saldar las penas en cuestión de dinero. Cierto es que en el caso de muerte, también se le desterraba y se le quemaban las casas.
Sin embargo, cosas de la época, cuando las heridas eran económicas, en forma de robos o destrozos, por ejemplo, el tema iba bastante más serio. Porque los maravedís se pueden recuperar, pero las manos que te cortaban por hacerlo, va a ser que no. Y no sólo las manos podía perderse: "Todo hombre que cortara viña o huerto, ajusticiarle a la manera del ladrón".
También se vigilaban mucho que los comerciantes fueran justos y no timaran a la concurrencia. Y tenían una muy buena, en forma de castigo, para aquel que realizara perjurio, por ejemplo en su trabajo de funcionario. Se le rapaba la cabeza y la barba, y se le paseaba por la Villa para su escarnio público. La única pega de aplicar en estos tiempos semejante castigo sería que Fort Madrid, esta ciudad fronteriza, ya está bastante atascada para soportar la más que posible cantidad que habría de perjuros calvos por sus calles.
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