Adolfo Suárez | Jueves 01 de septiembre de 2011
Madrid está lleno de rincones con historia. Y yendo un poco más allá, está lleno de historias por los rincones. Las hay grandes y pequeñas; de contar en dos minutos y de tardar dos horas. Las hay de amor y de desdicha, de besos robados y de robos con besos, de atracos frustrados y de frustrados soldados. Si creyéramos en fantasmas, y quien lea esta columna sabe que su autor cree en ellos, o al menos en sus historias, cada esquina tendría el suyo haciendo de cuenta cuentos. Fantasmas de curas y monjas, de duques y condesas, de genios y pícaros, de espadachines y amantes. De rufianas que vendían su alma por doblones y de santas que hacian lo mismo con su cuerpo, pero por un beso.
Como veis, todo muy movido. Y si hablamos de movidas, no hay un sitio en Madrid más perfecto para ello que la Plaza del Dos de Mayo. Movida de música, libertad y primeras veces, de años 80 y crestas de colores, pero también de esos fantasmas de Madrid, de historias y recuerdos, de Historia con mayúscula y de historias con letra pequeñita.
Pero empecemos por el principio. Y el principio fue un palacio, uno de los estupendos, de los de cuento. El chalecito se lo construyeron los Duques de Monteleón, que a su vez también eran Marqueses de Oaxaca, colorido título que les venia dado por la "meritoria" razón de ser nietos de un tal Hernán Cortés. Para movida, la que armo este chaval en tierras mexicanas. Y si no que se lo digan a un tal Moctezuma. El lugar, por lo visto, debía ser tremendo, con un gran jardín para los críos delante y una escalera de entrada un algunos comparaban con la de El Escorial. Lo pudieron comprobar huéspedes tan ilustres como Isabel de Farnesio, que bastantes movidas tuvo para que subiera el que ha sido el mejor alcalde de esta villa, según dicen, Carlos III, en permanente lucha con sus hermanastros para que al final logrará su propósito. Una mujer interesante, esta segunda esposa de Felipe V, a la que los madrileños llamaban despectivamente La Parmesana, y que tuvo que aguantar las idas de olla de su marido, y sustituirle en las labores de estado cuando le daban uno de sus famosos yuyus.
El siguiente que movió el asunto por la zona fue otro tipo que las armaba de las gordas. Le llamaban Godoy, y convirtió el susodicho Palacio de Monteleón en Parque de Artillería. Además de esa reconversión, Godoy tuvo "algo que ver" en la turbulenta época que pasó este país y que culminó con la invasión francesa liderada por el del Iphone en el bolsillo interior de la chaqueta. A los de Madrid, como tantas otras veces, como que esa movida en particular no nos motivó demasiado, y dos colegas del ejército, Luis y Pedro. O Daoiz y Velarde (que la Historia parece a veces como mi clase del colegio, que nos llamábamos por los apellidos), se atrincheraron en el Palacio protagonista de nuestra historia, al que hicieron de nuevo escenario de una nueva movida. Ellos tocaban los mismos a los franceses, pero bien tocados, y los gabachos acabaron con ellos a la francesa, es decir, prácticamente haciéndolos tortilla. Por allí pasaba una cría, aprendiz de costurera y de apellido Malasaña, a quien los franceses, tan valientes ellos, la descubrieron unas tijeras propias de su oficio, siendo ello el motivo de su ejecución, y de que el nombre de la chiquilla sea recordado como el que da nombre al barrio. De aquello también nos quedo un día de fiesta que nos viene que ni pintado en Mayo, con el solecito, y una agradable sensación de revancha cada vez que ganamos el Tour o Roland Garros; y a los franceses un tic característico que les hace taparse sus partes cada vez que hay un madrileño cerca, o al menos estaría bien que les pasara, por brutos.
Unos años después, el gobierno decidió derribar el palacio, y allí acabo su historia, pero empezó la de la Plaza del Dos de Mayo. Aquello fue corriendo el año 1868, y se acordó dejar del antiguo palacio y cuartel el Arco de entrada, que aun ahora guarda la plaza. justo delante del monumento a los dos héroes de la movida de 1808. Y de movida a movida, y tiro por que me.... joder, no encuentro rima. Allá por los 80, Luis y Pedro, los del monumento, se convirtieron en privilegiados espectadores de la movida que más nos suena a los de mi cosecha, la que hizo del Barrio de Malasaña un hervidero de música, literatura, cómic, cine y demás artes, que floreció en el lugar donde antes se habían segado tantas vidas. Será que la historia a veces salda sus cuentas.
La Luna, Ceesepé, Alaska, Radio Futura, Almodovar, Derribos Arias... la lista de nombres puede ser interminable. Todos ellos dieron vida a esta nuestra ciudad, sacándola de un gris que la había tenido dominada durante unas cuantas décadas y dándole un color que, a pesar de los años transcurridos y un cierto deslucimiento, pasada la explosión inicial, aun mantiene.
Quizás, en esas tardes-noches-madrugadas de la Plaza del Dos de Mayo, donde cuerpos, labios, deseos, trasiegos, birras, sonrisas, músicas y danzas se combinan, los espíritus de todos aquellos que tuvieron movida por aquí cerca, desde la de Farnesio hasta la Malasaña, se sientan cerca de Luis y Pedro y se dejan llevar por la movida, o mejor aún, por la vida que discurre por la plaza.
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