Opinión

Por sus caras los conoceréis

Celia G. Naranjo | Jueves 18 de agosto de 2011
Juego de agudeza visual: en una calle cualquiera del centro, intente distinguir a los madrileños de los peregrinos.

Lo más fácil es empezar por eliminar a los de la mochila de colorines. Una vez hecha esta tarea, el juego se convierte en algo muy parecido al '¿Dónde está Wally?'. Los comerciantes no cuentan. Los equipos de emergencias, tampoco. Y quitemos, por último, a los turistas que han elegido estas fechas para venir a Madrid sin tener en cuenta que también venía el papa y todavía están buscando la fuente de Cibeles.

Antes de ir a sus propias casas a buscarles, haga un último intento. No se rinda. Entre en el metro, el autobús o el cercanías y esquive los banderazos. Tápese los oídos para no oír los cánticos y concentrarse mejor. Quizá, en el último rincón del vagón o habitáculo, pueda distinguir a algunas personas con los brazos cruzados, o bien avisando por el móvil de que llegan tarde, o bien gruñendo por lo bajini mientras observan con resentimiento el entusiasmo de los visitantes y sueñan con destinos vacacionales lo más lejanos posible.

A medida que pasan las horas y los días, los madrileños se van volviendo más y más reconocibles por sus gestos de enfado, hastío o resignación. Pese a todo, y antes de hacer juicios precipitados, conviene reparar en un verdadero milagro: pese a que, literalmente, han arrebatado el centro a sus anfitriones, los peregrinos siguen sintiéndose bienvenidos.

Los incidentes de la manifestación laica no empañan ese logro. Las provocaciones fueron recíprocas y, sobre todo, puntuales. A los peregrinos hay que reconocerles un civismo generalizado, solo roto por algún incidente aislado. Y a los madrileños, su paciencia y su legendaria hospitalidad, aderezada, en este caso, con buenas dosis de estoicismo. No se les puede pedir más.

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