Ángel del Río | Lunes 04 de julio de 2011
El orgullo de ser limpios no se les puede presumir a quienes participaron en las fiestas del Orgullo Gay, como por otra parte suele ocurrir cuando se celebran actos multitudinarios de este calibre. No hay conciencia colectiva de civismo ciudadano; no hay sentido de responsabilidad y respeto a la ciudad, y cuando se recogen 172 toneladas de basuras, es decir 172.000 kilos, es porque se ha producido algo más que la caída al suelo de un papel descuidado, un cucurucho de altramuces que se ha resbalado de las manos o el vertido incontrolado del aceite de una lata de sardinas. Para acumular tal cantidad de residuos ha tenido que haber muchos desaprensivos que han utilizado la calle, el jardín, la mediana, como vertedero festivo.
172.000 kilos, el doble que el pasado año, configuraron el paisaje escatológico después de una batalla con botellón, música y desfile de carrozas. Más de cuatrocientos operarios del servicio de limpieza tuvieron que emplearse a fondo para dejar la ciudad en el estado en la que se la encontraron al llegar los participantes en las fiestas del Orgullo Gay, sus seguidores y los curiosos. Parece que no hay jarana, diversión, orgullo manifiestamente mejorable en limpieza, concentración multitudinaria que no apareje necesariamente el convertir la ciudad en un basurero. Esto tiene un coste para el Ayuntamiento. Puede que algunos traten de justificarlo diciendo que estas fiestas también dejaron muchos ingresos, que los participantes gastaron, que lo comido por lo servido, pero más allá de los balances económicos, está el balance del nivel de comportamiento de las personas que participan en estos actos; está el nivel de respeto a la ciudad que les acoge; está la imagen que trasmiten y dejan de esta ciudad, y eso no se valora económicamente.
Desgraciadamente esto no tiene que ver con el origen y fondo de la fiesta. Da igual quien la organice y el motivo de la misma. Lo que falla es el comportamiento de quienes participan, la desidia de quienes no muestra el mínimo respeto al medio ambiente, a la salud pública incluso. Las grandes concentraciones no tienen que ser necesariamente sinónimo de descuido y falta de respeto colectivo, y algunos ejemplos hay. En este caso no podemos decir que los participantes en las fiestas del Orgullo Gay estén muy orgullosos de cómo se comportaron con la limpieza de la ciudad.
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