Adolfo Suárez | Miércoles 29 de junio de 2011
La interrogación del título viene a cuento no por dudar de las dimensiones de nuestra plaza en comparación con cualquier otra, sino a colación de que su nombre no ha sido, durante la mayor parte de su larga historia, ese que ahora todos conocemos. De hecho, es el nombre que menos tiempo ha llevado puesto. Se podría hacer una frase de esas comparativa, y decir, sin temor a equivocarse, algo así como "Te mueves más que el nombre de la Plaza Mayor".
El primer nombre que tuvo fue "Plaza del Arrabal", término de tango que vino dado por la sencilla razón de estar fuera del Madrid de esa época. Se había formado encima una laguna desecada, la de Luján, y era más como un centro comercial de los de extrarradio de ahora, pero en plan más de tenderete siglo XIII, y eso. Se ve que el lugar tuvo éxito, porque con el tiempo se terminó por hacer de este primitivo asentamiento comercial una cosa más en condiciones, añadiéndole edificios y pórticos y comenzando a delimitar su espacio. Cuando el amigo Felipe II decidió regalarnos los ministerios, los atascos y los funcionarios convirtiendo a Madrid en capital de un Imperio donde siempre había alguien de juerga (mucho más motivador esto que lo del Sol de siempre, no digáis que no), también decidió hacer de aquella plaza comercial algo a la altura de el nuevo status de la villa y corte. Se demolieron casas, se hicieron presupuestos, se eternizó la cosa por aquello de "pagastúpagoyo", se contrataron arquitectos... y al final, cuando ya el Segundo se había ido de escapada eterna a su chalet de El Escorial, el sucesor Felipe III dió por concluida la Plaza, que seguía siendo del Arrabal, allá por 1619.
La cosa les quedó tan mona que amplió sus usos más allá de los comerciales originales. De manera que fue desde Plaza de Toros hasta lugar de ejecuciones, que el caso es que allí murieran, ya fueran astados o acusados. También se celebraban allí las fiestas del carnaval, espectáculos de fuegos artificiales o Autos de Fe, que no son coches en los que crees mucho, sino juicios de la Inquisición. Hay que decir que lo de las ejecuciones estaba bien montado. Según como mataran al reo, se colocaba de una manera u otra, como para que la cosa no fuera monótona, oiga. A saber: si el tema era a garrote, delante de la Puerta de Pañeros; si la cosa iba de horca, se cambiaba a delante de la Casa de la Panadería; y si la muerte se daba por cuchillo o hacha, delante de la de Carnicería. Si, esto último parecía de recochineo, es cierto.
Otra cosa que era típica de la Plaza Mayor, antes de eso de ir de Sidras y bocata de calamares, era incendiarse. Lo hizo de manera tan perfecta como catastrófica en 1631, 1672 y 1790. El primero se originó por las chispas de un horno particular, y duró tres días, con 13 muertos. Acorde con la época, se intentó apagar con la "estupenda" idea de sacar el cuerpo incorrupto de San Isidro, y las Vírgenes de Atocha, Almudena y los Remedios. A pesar del esperanzador nombre de esta última, no remediaron nada de nada, y el fuego hizo tranquilamente de las suyas, y se tardó la friolera de dos años en correguir sus destrozos. El segundo incendio, en 1672, se cargó completamente la Casa de la Panadería, que hubo de ser reconstruida por completo.
Pero el peor, con diferencia, fue el tercero, en 1790. Debido a que en la reconstrucción del anterior incendio se había empleado madera, el desastre tuvo un avance fácil. No había manera de controlar aquello, y se consumió un tercio de la plaza. Duró tres días, y la única manera de parar aquello fue derribar las casas colindantes a los fuegos para que estos no avanzaran. Imagino que lo de sacar a Isidro se descartó por el intento del 1631, que una cosa es ser Labrador y otra bombero. Al final, después de tres días de incendio, la Plaza comenzó por tercera vez su renacimiento. Se quitó un piso, dejándo los edificios en las actuales alturas, y se construyo principalmente con piedra o ladrillo, evitando utilizar la madera, con esa horrorosa mania que tiene de quemarse. También de aquella reforma proviene el cerramiento completo de la Plaza.
Y unos años después, en 1812, comenzó el carrusel de nombres. En aquel año, como todas las plazas "Mayores" de España, pasó a llamarse Plaza de la Constitución, aunque eso sólo le duró dos añitos, hasta que al rey de turno le vino en gana cambiar el nombre por el de Real, que no hay como ser Rey para ponerse una calle. Esos dos nombres, De la "Constitución" y "Real", se estuvieron alternando, dependiendo de los aires políticos de cada momento. Imagino que los empleados que se dedicaran a cambiar las placas llegaría un momento en que no tirarían las que quitaban, sabiendo que al cabo del tiempo volvería el otro nombre. Así hasta 1873, cuando se proclama la I República y pasa a llamarse "de la República Federal" (Ya sabemos de donde copiaron los alemanes el nombre). Pero claro, cuando vuelven los Borbones, aquello como que no les va demasiado, así que lo cambian otra vez, aunque en esta ocasión, quizás no querian dar el cante y la volvieron a llamar de la Constitución. Al final, y tras tantos dimes y diretes, termina por llamarse oficialmente como ya la conocía el pueblo desde el XVI: Plaza Mayor. Y así es como la conocemos y la conoció Chencho cuando tuvo a bien perderse en el tan tradicional como "nohaydiosquienvaya" mercadillo de Objetos Navideños, que lleva allí colocándose desde 1860, y que ha sobrevivido incluso a los villancicos cantados del aquel alcalde llamado del Manzano.
Por el camino, la Plaza Mayor tuvo paso de tranvías, aparcamiento de coches (no el actual subterráneo, sino en la superficie), jardín en el interior y diferentes cambios de comercios, usos y estatuas (La estatua de Felipe III lleva allí desde que Isabelita segunda la mandó traer desde la Casa de Campo). Pero siempre ha estado ahí, ajena a todos sus cambios de nombre o función, en medio de nosotros y dispuesta a prestarse siempre para un voltio. Se llamara como se llamara, que al fin y al cabo, lo de Mayor no viene por los años, sino por lo grande que se ha hecho por ahí dentro de todos los que nos sentimos madrileños.
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