Sara Medialdea | Viernes 17 de junio de 2011
Desde hace más de una década, la fiesta del Orgullo Gay se celebra en Chueca. Este barrio del centro de Madrid estaba impracticable hasta que el colectivo homosexual decidió adoptarlo, hacerlo suyo, alquilar o comprar casas y tiendas, rehabilitarlas y darles ese toque de modernidad que ahora tiene. ¿De qué si no se habrían abierto allí esa colección de restaurantes? ¿Alguien cree que habría sido posible el novísimo y muy recomendable mercado de San Antón si no fuera por ese nuevo vecindario que ha puesto tan de moda la zona?
La bandera arco iris ha ondeado en el barrio y ha conseguido que los focos se centren en él. Cierto es también que ha traído consigo actividades que pueden ser muy molestas para los que viven en sus calles. Recuerdo un inicio de campaña electoral con la candidata Trinidad Jiménez, en casa de un vecino cuyo dormitorio colindaba, techo con suelo, con un discobar: la cama se movía más que la de la niña del exorcista.
Pero el Orgullo Gay está indisolublemente ligado a Chueca; así ha sido desde su inicio, y eso es muy difícil de cambiar. Es como pedirle al Real Madrid que no celebre sus triunfos en La Cibeles, o pensar en un San Isidro sin su pradera a la ribera del Manzanares. Este año, en que las aguas parecen haberse desbocado definitivamente -tras varias ediciones amagando-, se alude a la nueva norma que prohibe la música amplificada en los alrededores de centros de mayores para justificar las limitaciones. Curiosamente, la responsable de la residencia de la Tercera Edad que hay junto a la plaza de Chueca, establecimiento que se señala como argumento para prohibir los conciertos, ha enviado una carta a los organizadores del Orgullo explicándoles que a sus residentes no sólo no les importa, sino que hasta les gusta que haya fiestas en el barrio.
La pelota está ahora en el tejado municipal, que en unas horas se reunirá con la organización de los festejos. Gusten más o menos, los días del Orgullo llenan Madrid de turistas, algo que también debería tomarse en cuenta, sobre todo en esta época en que los hoteles y restaurantes -como el resto de negocios- tiemblan ante las consecuencias de la crisis. Habrá que ver si las dotes diplomáticas de unos y otros consiguen que un año más, las fiestas del Orgullo acaben en una "entente cordiale".
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