Adolfo Suárez | Martes 14 de junio de 2011
Buenas madrugadas desde la Plaza de Oriente de Madrid. Bienvenidos a la unporrongésima edición del Torneo Plaza de Oriente de fútbol entre estatuas. Un torneo único en el mundo, que enfrenta entre sí a unos jugadores fuera de lo normal. Un espectáculo balompédico-fantasmal que cada noche se repite en este maravilloso escenario de la Plaza de Oriente de la ciudad de Madrid. Pero antes de comenzar con la narración del encuentro, hagamos un poquito de historia.
En la Nochebuena de 1734, un incendio originado en los aposentos del pintor Jean Ranc acabó con el antiguo Alcázar de los Austrias. A saber qué estaba haciendo, que ya se sabe lo que pasa cuando se fuma en la cama, por ejemplo. El caso es que la lió parda, en parte, porque las campanadas que se empezaron a dar como señal de alerta fueron confundidas con las que llamaban a la Misa del Gallo. Se perdieron innumerables obras maestras en el fuego, menos mal que a las Meninas les dio tiempo a sacarlas por la ventana, cual vulgares cacos ellas, y que hacía poco que el rey, a la sazón Felipe V, tuvo la suerte, el tino o vaya usted a saber el qué, de trasladar su colección personal al Palacio del Buen Retiro.
El caso es que el palacio quedo hecho unos zorros. Y a palacio muerto, palacio puesto. Enseguida se empezaron los planes para levantar la chabolita que ahora mismo ocupa el solar, que no era cuestión de desaprovechar el terrenito. Las obras comenzaron con el derribo de las últimas murallas del viejo Alcázar y se concluyeron siendo rey el mejor alcalde de esta villa (o eso dicen), Carlos III, en 1764. Entre medias, y siendo Rey Fernando VI, se decidió que una serie de esculturas sobre los monarcas españoles decorasen las cornisas del edificio. Y burro grande, ande o no ande, las estatuas se hicieron a conciencia, como bien podemos apreciar, que no son sino ellas los jugadores de este encuentro.
La esposa de Fernandito, Bárbara de Braganza, a la que podemos vislumbrar en su fantasmal presencia junto a su marido para presenciar el partido, fue la que, según dicen las malas lenguas, obligó a no colocarlas en ese lugar pues soñó con que a causa de su peso hacían que el edificio se viniese abajo y acababan con su regia existencia. La amiga Bárbara, la misma que cazó a su consorte con la habilidosa maniobra de mandarle un perfil de Facebook de la época, en forma de cuadro donde su belleza era impresionante, para luego, una vez el Fernando obnubilado y en la saca, comprobar que en el cara a cara, la cara de la susodicha estaba llena de pústulas como de viruela. Aunque hay que decir que, superada esa primera impresión, su matrimonio fue bastante feliz, hasta el punto de que pidió ser enterrado junto a ella en el Convento de las Salesas Reales en lugar de en la Cripta del Monasterio de El Escorial.
También podemos distinguir entre el público a Pepe Botella, el hermanísimo de Napoleón, quien ni bebía ni era tan mal rey como parece que nos hubiera gustado que fuera. Entre otras cosas, a él le debemos esta belleza de campo de juego para fantasmas que es la Plaza de Oriente, pues fue él el que hizo derribar las casas necesarias para que la contemplemos más o menos como es ahora. Y a los lados de la plaza, se fueron colocando las estatuas de los jugadores de esta noche, 10 por equipo y sin suplentes, 5 visigodos y el resto monarcas de los primeros reinos de la peninsula en aquello que se vino a llamar Reconquista y más bien fue una primera Guerra Civil religiosa de ocho siglos.
El resto del posible equipo se tuvo que repartir por diversos lugares. El principal, el Paseo de las Estatuas de El Retiro, donde entre otras están la de Doña Urraca o Carlos I. Pero también se tuvieron que traspasar al equipo de los Jardines de Sabatini, el Parque del Capricho, Pamplona o Burgos. El caso es que para este partido, y para todos los que vayan sucediéndose, siempre tenemos a los mismos veinte jugadores. Los partidos comenzaron, entiendo, cuando el primer madrileño con dos dedos de tinto de más se pasó por la plaza a horas poco cristianas después de una juerga, juró por la Santa Iglesia que había visto bajarse a las estatuas de "los godos" como se las conoce popularmente en Madrid de sus alturas y ponerse a jugar un partidito informal en la Plaza. De ahí a convertirse el leyenda, dos patadas.
Arbitra el encuentro (en realidad, todos desde 1843) el árbitro del colegio de los Austrias, Felipe IV, que por algo ocupa siempre el centro de la plaza desde su caballo de Da Vinci, pues fue al genial Leonardo al que se le ocurrió la idea de vaciar la mitad delantera del caballo para que sus patas pudiesen estar levantadas sin que su peso diera al traste con el conjunto. Hay un excepcional ambiente en la plaza para ver el espectáculo, que está ya a punto de comenzar. Entre los espectadores, podemos también localizar a Don Manuel Azaña, quien curiosamente, sin ser Rey, fue el último Jefe de Estado en habitar el Palacio Real.
Y atención, que comienza el partido... Ataúlfo pasa en corto a Alaurico, que avanza tranquilamente con el balón controlado unos metros para pasar a Ordoño II, quien salva la entrada de Doña Sancha con un elegante regate...
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