Isabel Navarro Cendón | Lunes 13 de junio de 2011
Es un hecho que el movimiento 15M no ha dejado indiferente a nadie y a muchos les ha pillado con el paso cambiado. Una vez hecha esta constatación me parece importante incluir alguna reflexión más.
En mi opinión, los avances y logros que esta sociedad ha conseguido se han hecho a base de revoluciones –entendidas estas como procesos de cambio- y con utopías como referente, la democracia ha sido la herramienta mejor y más utilizada para consolidar estos avances. En estos procesos la juventud ha tenido siempre un papel protagonista, ha sido generalmente, la vanguardia que ha precipitado el cambio e iniciado el camino, ¿podría ser ahora este movimiento quien se revelarse como esa vanguardia llamada a despertar la conciencia de una sociedad acomodada y adormecida?
Una sociedad que empieza poco a poco a darse cuenta de que se ha llegado a un punto de inflexión con la tolerancia a la corrupción, con las injusticias, con el aumento de las desigualdades, etcétera, y de que ha llegado el momento de decir basta ya. Es momento de proteger las conquistas que forman parte de un sistema, seguramente imperfecto y mejorable pero que también tiene virtudes. Un sistema que ha conseguido desarrollar servicios de protección social, un sistema sanitario y educativo universal, bien es cierto que tiene distintas configuraciones y desarrollos según países, desarrollo económico y desarrollo democrático, y que ha sido posible a base de conquistas sociales conseguidas a través de la lucha del movimiento obrero, del movimiento ciudadano organizado.
Estos son “malos tiempos para la lírica”, que además de seguir avanzando, exigen preservar lo conquistado. La fórmula democrática necesita de control, vigilancia y protección para que no merme su calidad y efectivamente, quien mejor puede garantizar esto, son los propios ciudadanos que con su implicación en la vida política y democrática a través de los canales de participación que consideremos necesario establecer, pero también es cierto que esto necesita de una elevada cultura política, y de esta manera el voto con el que otorgamos la confianza a las fuerzas políticas no sería un cheque en blanco.
Los jóvenes y también muchos ciudadanos y ciudadanas, tienen sobrados motivos para estar enfadados, indignados, estafados con el orden establecido, -por fin el colectivo de jóvenes se rebela-, parece que se inicia otra revolución, por el momento la de despertar las conciencias. Solo los datos de desempleo juvenil, precariedad laboral y exclusión y un futuro incierto son razones aplastantes.
Ahora bien toda esta energía acumulada sería deseable se convirtiera en energía trasformadora y emancipadora de ese orden, para ser capaz de resistir las envestidas de los fuerzas mas reaccionarias del sistema que sin duda intentarán desmovilizar y acabar con el movimiento, de ello sabemos mucho los sindicatos. El movimiento obrero desde sus inicios ha padecido estos ataques, ya que finalmente han sido –y siguen siendo contrariamente a muchas opiniones- las fuerzas con más capacidad movilizadora de la historia en la defensa de los intereses y necesidades de los trabajadores y de la mayoría social.
El movimiento obrero como movimiento social surge a comienzos del siglo XIX, se organiza (sindicatos) y se desarrolla precisamente para buscar mejoras de las relaciones laborales y conseguir mayores cotas de bienestar de la clase trabajadora, es así que el activismo de este movimiento marcó un antes y un después en el orden imperante. De igual manera, creo que estos movimientos surgidos, como en los de los países del norte de África, para exigir democracia, como los que están surgiendo en distintos países de Europa para exigir regeneración y calidad democrática en el seno de las democracias occidentales, van a provocar cambios, aunque ahora no tengamos perspectiva suficiente para poder valorar su alcance, pero sí para entender que están mandando mensajes de alerta ante el creciente avance de las desigualdades sociales, de las injustas, desproporcionadas y antidemocráticas con la mayoría de las clases populares que viven de un salario y de aquéllas otras que no consiguen tener o mantener un empleo.
Quizás sea momento de alianzas, de unir fuerzas para que toda esta masa critica canalice esa energía transformadora, quizás fortaleciendo el tejido organizativo y orgánico de los sindicatos, de los partidos progresistas para operar cambios en los modelos y ser más efectivos. Solo desde la unidad se generaría la fuerza capaz de poner límite a un sistema descontrolado. Esa fuerza canalizada, por ejemplo, podría ser dirigida para derogar una Reforma Laboral que lesiona los derechos de los trabajadores y no garantiza la creación de empleo o para impedir el desmantelamiento de la sanidad publica o el deterioro de la enseñanza publica o para exigir al Gobierno Regional la creación de empleo que es parte de su competencia. Se pueden buscar estrategias comunes ante objetivos comunes.
Por lo que se refiere a mi ámbito de acción, el sindical, considero que los trabajadores y trabajadoras con empleo o sin él, tienen que asumir mayores cotas de compromiso y participación en las organizaciones sindicales para defender derechos, exigir demandas y plantear propuestas. Los cambios en el sistema avanzaran y serán reales con un desarrollo de la cultura política por parte de la sociedad cuando esta, interiorice que su implicación es la mejor garantía de calidad democrática en todas las políticas.
Isabel Navarro.
Secretaria de Análisis y Estrategias. UGT-Madrid.
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