Ángel del Río | Lunes 13 de junio de 2011
El movimiento 15-M se ha quedado reducido a un grupo de gamberros provocadores, que izan la bandera de una democracia real, pero que después no aceptan de forma democrática lo que ellos mismos aprueban en sus propias asambleas. Decidieron desmontar el circo montado y sostenido durante casi un mes, pero algunos han optado por quedarse y ahora ya no tiene sentido que se les permita la ocupación del espacio público porque tengan sello de radicales y quieran tener patente por ello. Queda una especie de chiringuito de información, que yo espero que el Ayuntamiento desmantele, porque a nadie le consistiría la autoridad municipal instalar un chiringuito sin permiso en la vía pública, sobre todo en la Puerta del Sol.
Anoche quedaba prácticamente desmontado el campamento, pero los campistas no se fueron con sus trastos a dormir cada uno a su casa, tranquilamente y dispuestos de descansar del agotador frenesí de casi un mes de resistencia bajo el sol y la lluvia. Antes de batirse en retirada, volvieron a realizar un acto de afirmación, de advertencia de lo que han llegado a ser y pueden seguir siendo: unos perturbadores del derecho a la movilidad de los ciudadanos. Cortaron la Gran Vía, la carrera de San Jerónimo y la plaza de Cibeles, revalidando su meritorio aprendizaje exprés de cortadores de calles, de entorpecedores de la libertad del ciudadano a moverse por la ciudad. El pasado sábado, la montaron a las puertas de los ayuntamientos, entre ellos el de Madrid; a la salida profirieron insultos, zarandeos y caceroladas a los elegidos democráticamente por el pueblo. Después, se fueron hasta Cibeles para hacer una sentada frente a la sede del Ayuntamiento de Madrid.
Los residuales del 15-M amenazan con seguir activos tras la retirada, con seguir dando patadas a los políticos en el trasero de los madrileños, ya sea provocando cortes espontáneos de la circulación en las calles del centro o de los barrios, para que no decaiga la fiesta, el ambiente, de cara a esa cita del próximo domingo, donde llegarán a Madrid seis columnas de indignados, de antisistema, de gente de buena fe entre la que se mezclan ociosos y vividores, y llegarán con el ánimo, si les dejan, de sentir la sensación de culiparlante en los cómodos escaños forrados de piel. Me temo que a la Delegación del Gobierno ya le toca hacerse notar, justificar su razón de ser en defensa de los derechos de la gran mayoría de los ciudadanos.
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