Nino Olmeda | Lunes 30 de mayo de 2011
Desde el 15 de mayo, una marea de indignación relacionada con la situación económica y el paro que estamos sufriendo, sobre todo los jóvenes, nos envuelve. Ese día miles de personas se manifestaron en toda España para mostrar su indignación con la etapa que nos ha tocado vivir y contra los responsables políticos, los gubernamentales y los que deberían estar ofreciendo, desde la oposición, preocupación por nuestras cosas y no tanto por las suyas, por su futuro, por el futuro de los que dependen de ellos, los que usaron el dedo para
colocar laboralmente a los suyos y para exigir a cambio fidelidad no a unos proyectos políticos si no personales.
Después de esos gritos desesperados contra todos y contra todo se montaron campamentos para demostrar que la rabia no era cosa de un día, sino más bien, algo contenido y que no terminaba de fraguar. Las medidas contra la crisis del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que dejaron marcados a funcionarios, pensionistas, cooperantes que alimentan grano a grano el granero que debería
impedir el hambre en el mundo, parados y sociedad en general no fueron respondidas por la izquierda socialista, que estaba apoyando ciegamente a su líder, ni por los sindicatos, como merecía la ocasión, porque consideraron que la derecha natural, el PP, lo haría peor, sin darse cuenta que los que están, aplican políticas neoliberales, pero con otra careta y otras siglas.
El terreno de la queja estaba abonado y los indignados cogieron la bandera que otros pasaron de llevar. En esta ocasión, con la ayuda de los policías de Gallardón y Rubalcaba, que queriendo disolver a los concentrados en Sol, sirvieron de reclamo para muchos indignados a la espera de la mejor ocasión para enfrentarse a los recortes sociales. El desalojo sirvió para asentar lo organizado. Luego llegaron las elecciones y cuando parecía que decaía el Movimiento 15-M, la policía del Gobierno catalán de CiU arremetió contra los
acampados en Barcelona, alegando sandeces y razones sin razón, y repartió porrazos sin mirar a quién. Este acto propio de un demente político provocó que lo que se venía poco a poco abajo, floreciese.
Tarde o temprano los indignados de Sol tendrán que levantar el campamento y es de esperar que las asambleas de barrios de Madrid y ciudades de la región sean el nexo de unión entre la acción centralizada enfrente del despacho de Esperanza Aguirre y las actuaciones descentralizadas. El movimiento no puede morir, debe
acoplarse a las realidades existentes y dejar sobre el tapete las quejas más importantes. La responsabilidad de los gobiernos es gobernar y la de los indignados es clamar, ya no en el desierto, contra el desapego de la clase política respecto a los que los elegimos. A veces no resulta muy operativo dedicar horas de debate a plantear si los medios de comunicación pueden o no estar en las asambleas populares u otros asuntos de mayor o menor importancia.
La gimnasia democrática provoca agujetas cuando se lleva mucho tiempo sin practicar. Se necesita tiempo y confianza para dar una oportunidad a la indignación.
Los que gobiernan, y los que están en la oposición, llevan mucho tiempo sin resolver la elección democrática de sus dirigentes o sus candidatos y se quedaron atascados en el dedazo. Si aplicásemos sus métodos a la gobernabilidad de las instituciones, sería de risa ver cómo ponían y quitaban alcaldes a su antojo en una especie de democracia partitocrática. Ahora es posible exigir la reforma de la Ley Electoral en el sentido de que cada voto valga igual con
independencia del territorio donde se aplica y por qué no defender la
proporcionalidad pura y la eliminación del 3 o 5% de apoyos mínimos para formar parte de un parlamento o un ayuntamiento.
Dicen que es complicado, tanto como la sociedad, que es plural y variopinta. Y de paso por qué no exigir que los salarios de los alcaldes y lo ediles se conozcan antes de entrar a los despachos gubernamentales. Y por qué no conocer de antemano cuántos asesores corresponden por el número de habitantes y del presupuesto municipal. Ahora, todo eso se decide en el primer pleno municipal
después de los comicios. Los partidos acuerdan subirse el sueldo y repartirse amigos a dedo a su antojo. Hace poco me decía un amigo que no sé qué cargo del PP había colocado a muchas decenas de amigos a dedo, se quejaba. Yo también, pero le respondí que lo que me escandaliza no es que este, ese o aquel coloque a decenas de serviles con buenos sueldos, si no que fuese legal. Merece la pena
dar una oportunidad a la indignación.
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