Opinión

La democracia difusa

Enrique Villalba | Jueves 19 de mayo de 2011
Me he quedado ojiplático con la decisión de la Junta electoral de prohibir la concentración del movimiento del 15-M en la Puerta del Sol. La argumentación es que eso puede amenazar la libertad de los votantes para las elecciones del 22 de mayo y porque no se ha convocado con suficiente antelación administrativa.

Algunos defienden que esta herramienta democrática (gestionada por juristas pero sin más contenido que funcionar al son que marcan los partidos políticos) se basa en el derecho de manifestación regulada por las administraciones. Otros defendemos que está por encima el derecho a la libertad de expresión, sobre todo cuando busca mejorar la sociedad. El primer derecho que comento es la herramienta que utilizan los gobernantes para encauzar las protestas y reducir la tensión social al nivel que pueden manejar. Algo así como el seguro de vida de los políticos para que el termómetro de las críticas no suba demasiado de temperatura. Todo lo que sea salirse del guión se paga con palos.

Los periodistas tenemos la obligación de preguntarnos quién mueve los hilos de todo este mogollón. Por desgracia, a veces somos demasiado miopes para darnos cuenta de que, a veces, la gente piensa, analiza y funciona por su propio impulso. Sin manos negras detrás que instrumentalicen el asunto. Yo he estado en la manifestación. He visto y he podido analizar lo que ocurre. Hay que saber y vivir las cosas para opinar. He visto a gente de todas las edades reivindicando desde la paz. Chicos aplaudiendo una bandera de España con carteles que pedían un cambio de rumbo y de mentalidad. Gente cuestionando la labor de los medios de comunicación en la democracia. Chicas hartas de izquierda, derecha o centro. Sólo pidiendo soluciones.

Las redes sociales han servido como catalizador del movimiento ciudadano. Desde hace meses se está fraguando una especie de democracia virtual que, al igual que las ciudades, crece de forma difusa. El ciudadano es su propio representante y quiere decidir cada día cómo gobierna su vida, no solo cada cuatro años y en forma de papeleta. Al mismo tiempo, el movimiento es una bola de nieve que se mueve sin portavoces claros. La suma de ideas es la que habla.

Hasta hace una semana, los mismos que ahora cargan contra esta manifestación criticaban que la sociedad estaba dormida. Que cinco millones de parados no eran suficientes para que la gente se echase a la calle. Pues bien, aquí están los jóvenes pidiendo soluciones. No les valen promesas ni palmaditas en la espalda. No valen políticas de 'conmigo o el caos'. Los jóvenes se han hecho mayores. No se quedan en los problemas, sino que buscan soluciones. Y quizás el paternalismo de los partidos políticos, demasiado acostumbrados a mover los hilos, no se esperaba la reacción y les ha estallado en las manos.

En estas circunstancias, han tenido que tirar de su poder. El burocrático y el administrativo. Lo hacen porque no tienen medalla alguna que ponerse. Pero, sobre todo, porque ven el abismo que les espera si abren las puertas a otras formas de pensar. Por eso apelan al miedo. Quieren hacer creer que los jóvenes pueden reducir las libertades de todos con sus demandas. Unas demandas sin intermediarios de por medio. Los acampados consideran que la democracia no es un trato ni el negocio en el que unos pocos se benefician del esfuerzo de todos. Estos chicos y chicas quieren cambiar la tendencia y el significado del voto, pero no coartar las libertades de elección y expresión de la gente.

Querer una nueva y mejor democracia no puede ser un problema de orden público. Lo decían muy bien los internautas: ¿por qué puedo acampar para ver a Justin Bieber y no para pedir que arreglen mi futuro? La respuesta es sencilla. La acampada de Sol perturba el orden público porque el poder tiene miedo de no controlar a aquellos a los que considera bajo su dominio. Por eso trata de criminalizarlos. A riesgo de hacer demagogia, creo que no han hecho lo mismo con los verdaderos causantes de la crisis. Son fuertes con los débiles y débiles con los fuertes. Decía Thomas Jefferson que los bancos son más peligrosos para las libertades que los ejércitos en armas. Puede extenderse esta cita a los mercados y las multinacionales. Son las que marcan la agenda de nuestros políticos. Si todos ellos no dan soluciones para arreglar el desaguisado que han creado, los ciudadanos tienen derecho a no tolerarlos. A soñar que es posible otra forma de vivir.

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