Opinión

La Caja Mágica y el mal fario de la discapacidad

Nino Olmeda | Lunes 09 de mayo de 2011
Hace muchos años, el concejal del Ayuntamiento de Madrid Ignacio de Río declaró que la Caja Mágica, todavía en su primera fase, “supondrá un hito arquitectónico por su gran fuerza expresiva”. El autor de la misma, el arquitecto francés Dominique Perrault, uno de los más premiados en su sector y de gran prestigio, puso su saber sobre los planos y en 2009 se inauguró. Costó casi 300 millones de euros y en la mente de sus impulsores estaba levantar una gran infraestructura deportiva para celebrar una Olimpiadas que nunca llegaron.

Se levantó en San Fermín, un barrio con más necesidades que realidades, y en  estas instalaciones juega sus partidos la sección de baloncesto del Real Madrid y alberga la competición de carácter anual del Masters de Tenis de Madrid. Todo un lujo para unos vecinos que reclaman inversiones cada vez que los más grandes tenistas reúnen a miles de personas para ver, en esta ocasión, el triunfo del serbio Novak Djokovic sobre el español Rafael Nadal.

El día anterior, me dio por pasar la tarde viendo el partido en el que el serbio derrotó a un joven tenista brasileño. Me agradó. Nunca había asistido a un partido de tenis y la experiencia me pareció positiva por el espectáculo deportivo y por la belleza de las instalaciones. Todo estupendo, excepto si uno tiene el mal fario de ser una persona discapacitada. Había leído con anterioridad que los atascos de coches provocaron colapsos en los accesos, por carecer de plazas suficientes para aparcar los vehículos,  y que más de uno se encontró con menos cosas de las que había en su coche antes de entrar a la Caja Mágica, es decir, que los robos llegaron al olor del evento que reunió a miles de personas para ver a sus tenistas preferidos.  Salí de casa un poco antes para no verme envuelto en colapsos de tráfico.

Al llegar al recinto pregunté a un agente municipal dónde estaban las plazas de aparcamiento reservadas para personas discapacitadas. Educadamente, el policía local me dirigió hacia la zona vip, la más cercana a la entrada de la Caja Mágica, en busca de lo mío. Al llegar, un agente de la seguridad privada contratada para estas tareas me miró sorprendido al preguntar por las plazas de aparcamientos para discapacitados y me dijo, con mucha educación, que de eso no había, que otras personas habían preguntado lo mismo y que, si quería, podía presentar denuncia. Al entender que pedía algo razonable, se ofreció para encontrarme un lugar y como todo estaba infestado de vehículos, me ubicó en un hueco entre coches de protección civil. Generosa actuación del trabajador, pero eso me hizo sentir, agradecido por su buen corazón, y una rabia interior inmensa porque sentí que la pena ante el cojito de turno y la caridad ante un alma indefensa y poco ágil,  me habían facilitado aparcar cerca de la entrada. Pensé que estábamos en época de derechos. 

Tuve malos pensamientos y ganas de decir al oído  a los que se gastaron cientos de millones de euros, el doble de lo presupuestado, lo que se siente obligando a miles de ciudadanos a caminar de rodillas por una entrada llena de trozos de cristal que destrozan la piel. Así me siento cuando los que nos gobiernan no tienen en cuenta a colectivos que no están ni se les espera a la hora de diseñar las ciudades. Eso sí, en etapa electoral, somos el florero perfecto para sus mesas llenas de promesas y palabras huecas, vacías, sin más contenido que el ataque al contrario que representa una siglas distintas. Al acceder a la Caja Mágica se me clavaron en los ojos los carteles, muy grandes y llamativos, por cierto, señalando los urinarios para estas personas. Y pensé: ¡Se puede tener morro, si me cuesta acceder a la entrada para qué quiero los servicios si me he quedado a mitad de camino por falta de aparcamientos específicos!

No sé si el responsable es el equipo del alcalde Ruiz-Gallardón o la empresa que se ha quedado con la contrata. Me da igual, porque con mi dinero, con el de los contribuyentes madrileños, se ha hecho algo sin tener en cuenta a muchos seres humanos que no entran en la lógica de su normalidad y sin respetar todas esas leyes y normas que dicen que tenemos derecho a esto, a lo otro y a no sé qué más. El partido de tenis, estupendo, todo lo demás guay, si no fuera por el mal fario de la discapacidad. Otro día contaré cómo me lo monte para llegar al asiento que aparecía en mi entrada para ver el tenis en  la Caja Mágica.

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