Adolfo Suárez | Viernes 01 de abril de 2011
Tendemos a pensar que con el paso de los años las cosas suelen mejorar. Y eso suele ser casi siempre una afirmación verdadera cuando nos referimos, por ejemplo, a medios de transporte. Los coches son ahora mejores que hace unos años, los trenes más cómodos, el metro llega a más sitios, hay autobuses que funcionan con gas...
Y sin embargo, hubo un tiempo en Madrid en el que se podía llegar a Pekín en unos veinte minutos. Concretamente a principios de los años 60, te colocabas en un pis pas de la Gran Vía a la Ciudad Prohibida. Una Ciudad Prohibida surgida de la imaginación y los dólares de Samuel Bronston. Bueno, y también del pequeño tamaño que en aquella época tenían las nóminas de los españoles, que nos hacían ser una estupenda mano de obra para producciones como las que se gastaba el amigo Samuel. Porque es verdad que a este norteamericano nacido ruso lo que le gustaba era hacer películas a lo grande. 'El Cid', 'La Caída del Imperio Romano', 'Rey de Reyes' o... '55 Días en Las Matas'. Bueno, en realidad luego pusieron Pekín, pero lo que sale en la película dirigida por Nicholas Ray son los campos de ese pueblo de Madrid. Y los chinos que salen en la película son todos los que había en España y parte del extranjero, en realidad más del extranjero que de aquí, que no había en los años 60 muchos orientales que digamos por estas tierras de Dios, salvo aquellas piedras con las que se jugaba al juego del mismo nombre. Eso si, los extras que aparecen como europeos en la película lo son, puesto que la mayoría eran de Las Rozas. Y puede que no fuéramos aún de la CEE, pero si de Europa.
Debía de ser todo un espectáculo ver aparecer en medio del campo desierto en aquellos años las impresionantes estructuras del decorado de la película de Bronston. Lo construyeron falleros a las órdenes de Gil Parrondo y, por ser, era tan impresionante como inútil. Nunca se rodó en las dos terceras partes de lo construido. El día del comienzo del rodaje apareció por allí el alcalde de Madrid presidiendo toda una jerarquía de 'fuerzas vivas'. Por aquel entonces, el alcalde era un Conde que tenía como principales avales el admirar a Heinrich Himmler (con invitación para venir de visita incluida) y haber tenido en custodia a Companys cuando era Director General de Seguridad. Con esa biografía a sus espaldas, lo mismo entre la comitiva había intérpretes chinos por lo que pudiera pasar. La finca también pertenecía a un noble, el Marqués de Villabrágina. Todo de mucha alcurnia, como no podía ser de otra manera tratándose de una película sobre un imperio.
Bronston no sólo se trajo Pekín a Madrid, sino también a Ava Gardner. Puede que se pudiera discutir quién dejó más dinero en Madrid, o la producción en sí de la película o Ava en copas en los garitos de la capital. La actriz llevaba casi una década dándose paseitos periódicos por el foro, y seguramente era ya ella la que indicaba a los taxistas dónde estaban los locales. Los paseos de Ava no eran sólo por Madrid, sino también por ese lado oscuro de la fama que tantas y tantos han pisado, con menor o mayor suerte. A su lado, David Niven y Charlton Heston intentaban sobrellevar lo mejor posible los constantes quebraderos de cabeza que les proporcionaba el inestable carácter de la diva, capaz de saltarse un día de rodaje, porque lo había empezado toreando coches en la Gran Vía enfrente de Chicote. Claro que se me pasa por la cabeza que a lo mejor la escoba que siempre llevó Heston metida por salva sea la parte se le hubiera quitado si se hubiese acostumbrado a tomarse unos vinos por la Cava Baja. Tampoco es que Nicholas Ray, el director de la película, estuviese en su mejor momento. El proceso de rodaje supuso para él un auténtico calvario, del que salió bastante tocado.
Ahora, el lugar donde se levantó Pekín es parte de una urbanización de lujo casi al borde de la autopista A-6. De lo que fue uno de los estudios más grandes de Europa sólo quedan recuerdos y algún que otro recorte de periódico que guardarán aquellos que participaron en su construcción o que fueron extras. O de los que se encontraron a La Condesa Descalza saliendo de Chicote, a David Niven en la Plaza Mayor o a Charlton Heston comprobando si los trabucos de las tiendas de souvenirs eran de verdad, para su cole. Gracias a Bronston, Madrid tuvo también a menos de media hora la Roma Imperial (con el decorado más grande de la historia del cine, según el Guinness) o el Burgos de la Jura de Santa Gadea. Tiempos en los que Madrid parecía salir de un letargo de dos décadas hacia el mundo, y dejaba de ser un poco el pueblo que siempre fue para convertirse en una ciudad demasiado impersonal a veces. Tiempos en los que se permitió que la única persona ajena a la Familia Real Española se sentase en el Trono del Palacio de Oriente: Bette Davis haciendo de Catalina de Rusia en 'John Paul Jones'. Puede que todo tuviera algo de 'Bienvenido, Mr. Bronston' por parte de un régimen que se aferraba a un clavo ardiendo con tal de recibir los parabienes del mundo, ejerciendo un poco bastante de paleto delante de aquellos americanos que venían en ocasiones perdonando vidas y repartiendo dólares.
Franco le concedió a Bronston la Gran Cruz de Isabel La Católica, y Hollywood, la espalda, puesto que el fracaso comercial de '55 días en Pekín' y, posteriormente, de 'El fabuloso Mundo del Circo', supusieron el final como empresario cinematográfico de Samuel Bronston, que entró en bancarrota. Ya no más películas grandiosas ni grandes decorados. Su legado en España se terminó convirtiendo en una hija cantante, Andrea, que le hacia los coros a Camilo Sesto. Pero puede que no esté de más recordar, si alguna vez pasamos por Las Matas, que hubo un tiempo en que Madrid tuvo Pekín a unos veinte minutos.
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