Isabel Navarro Cendón | Miércoles 09 de marzo de 2011
Una de las consecuencias de la crisis que venimos sufriendo es que ha invadido todos los rincones del planeta y contaminado el desarrollo social que tanto y tanto está costando conseguir. Ciertamente no hemos conseguido alcanzar la igualdad plena entre las personas y los territorios, pero también es cierto que algunas cotas si se estaban alcanzando, estábamos en la buena dirección.
Pero parece que el capital y su modelo económico ultraliberal no sacia su sed de riqueza a costa de lo que sea. Pasa por encima de las democracias, de los Estados de la política, de los recursos naturales, de las personas en definitiva, pasa por encima de la CIUDADANIA y de sus DERECHOS.
Lo peor de todo esto, es que a nosotros, ciudadanos y ciudadanas, no termina de resultarnos algo real, es como si asistiéramos al pase de una película. La crisis del petróleo, el déficit de los países, la crisis alimentaria mundial, el cambio climático, el aumento del precio del dinero, la subida de los tipos de interés, las revoluciones de los países del norte de África, el avance de china e India como potencias económicas emergentes, la dependencia energética, la precariedad laboral, el desempleo o la pérdida de derechos y el deterioro de las relaciones laborales, todo esto está pasando y está originando otro tipo de modelo de sociedad en el que si nosotros, ciudadanía, no intervenimos será más injusto, porque estamos asistiendo a un retroceso de la igualdad y de muchas libertades.
Todavía resulta más preocupante, cuando ante alguna de estas circunstancias nos posiciona, lo hace de manera radical, caemos en la trampa de hacerlo en contra de nosotros mismos, ciudadanos versus ciudadanos. Si pedimos ciudades sostenibles donde se priorice a las personas respecto de los coches, o espacios libres de humo, o la conveniencia de reducir la velocidad como forma de ahorrar un porcentaje en el del gasto de energético, o ejercer el derecho de huelga, o el respeto por los representantes sindicales, etcétera, siempre aparecen voces que radicalizan cualquier acercamiento. Voces que reiterada y sistemáticamente recuerdan que esto afectará a la economía, todo se reduce a lo mismo: la amenaza económica. Es sabido que el problema de nuestra economía entre otras cuestiones reside en la falta de competitividad de nuestros sectores, en una productividad que se mide en términos de presencia en el puesto de trabajo en lugar de hacerlo sobre objetivos de crecimiento, rentabilidad y eficiencia, en el desequilibrio entre la importación y la exportación, en la gran dependencia de muchas de nuestras empresas del crédito, en definitiva en un modelo de desarrollo asentado en parámetros de sostenibilidad.
No se abre un debate social sosegado, que permita llegar a consensos donde se vean reflejadas y satisfechas necesidades y demandas de la ciudadanía, lo que se abre una guerra social que nos aparta del objetivo: "identificar cuál son los verdaderos problemas y qué y quienes los ocasionan”.
En resumen, hay una crisis mundial de carácter social y económica pero además, la ciudadanía sufrimos de otra enfermedad añadida, la llamada "crisis de valores", que finalmente nos hace en cierta medida cómplices, por inacción, de lo que está ocurriendo en la medida en que, o no somos, o somos poco activos en este proceso de cambio.
Crisis provocada por un fuerte individualismo que adormece las conciencias y alimentado por un consumismo desorbitado. Con esta reflexión, no pretendo parecer fatalista, ni mucho menos. Es un análisis para situar y poner en contexto la situación, pretendo hacer una llama a la responsabilidad y al activismo coordinado que reúna las energías suficientes para provocar cambios. El papel que nos corresponde a cada uno de nosotros, en los ámbitos en los que desarrollamos nuestra acción ha de intensificarse con la unidad de los ciudadanos y ciudadanas anónimos, de organizaciones sociales, el tejido asociativo, etcétera.
La acción ciudadana cobra un papel clave en este escenario nuevo en muchos aspectos para todos, por ello es responsabilidad también de todos, parar el avance de un modelo socio-económico que se disfraza nuevamente para no cambiar. Es chocante ver como la derecha conservadora se convierte en el adalid de los trabajadores, de la tolerancia, como adopta el discurso progresista de la igualdad, sale a la calle reivindicativa junto con las huestes de la moral.
Ante todo esto, cual es el papel de la ciudadanía cual es su, nuestra, responsabilidad en un escenario nuevo para todos nosotros. Desde mi opinión es necesario volver a la ideología, devolver la política a los ciudadanos y ciudadanas.
Descendiendo al nivel autonómico, en la Comunidad de Madrid, observamos como desde 1995, desde que el Gobierno está en manos del Partido Popular, han ido aumentando el endeudamiento colocándonos en segundo lugar del ranking autonómico, entre otras cosas debido a obras faraónicas, eventos mundiales que no se consiguieron, obras de infraestructura que se salieron de presupuesto, concesiones de dudosa legalidad, gasto desorbitado en publicidad continuada y sostenida de la gestión del gobierno regional etc., estas actuaciones tienen, no justificación pero si razón de ser en el contexto de un modelo de política ultraliberal, donde todo vale.
Especialmente en los últimos años, este endeudamiento se ha ido compensando a través de los recortes que están sufriendo los grandes pilares que sostienen nuestro sistema social y su consiguiente deterioro. La situación se ha hecho más insostenible con la aparición de la crisis financiera de los últimos tres años, cuando ya nadie puede "capear" deudas. La falta de crédito afecta a familias, empresas y administraciones públicas, así como a otros sectores de la sociedad.
En este escenario, son las personas, la clase trabajadora, las más afectadas por estas políticas... y derechos de ciudadanía que creíamos consolidados, se están poniendo en riesgo, profundizando más, si cabe, en la brecha de la desigualdad. Pero ¿qué nos está ocurriendo a la ciudadanía madrileña? ¿por qué estamos paralizados, viendo como el sistema de bienestar, protección y cobertura social, que nos hace más iguales, como la educación, la sanidad o los servicios sociales, están siendo debilitados, desmontados, despojados de su esencia de políticas públicas?
Isabel Navarro Cendón es secretaria de Análisis y Estrategias de UGT-Madrid.
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