Opinión

Mi adiós a José del Corral

Luis Miguel Aparisi | Jueves 24 de febrero de 2011
Desde julio de 2010, sabíamos que José del Corral (1916-2011) se nos iba. Trabajador infatigable, encontraba descanso en el trabajo. Pulcro en su vestimenta, siempre la adecuada, sabiendo estar, forzaba a que a su alrededor se respirase tranquilidad; pero la tranquilidad que proporciona el saber no se está perdiendo el tiempo. La puntualidad formaba parte de su concepto de la moral. Tiempos ajustados, sacando siempre el máximo provecho.

Miembro numerario del Instituto de Estudios Madrileños desde el año 1953 y secretario durante catorce fructíferos años (1984-1998). No sería correcto decir que se integró en aquella institución, y no lo sería, porque era parte, y muy importante, de la misma. Y uno no se puede integrar en donde se está de pleno derecho.

Desde hace ya dos décadas, en almuerzo, o en simple desayuno frente a la Biblioteca Nacional, cuatro locos por la historiografía madrileña allí se reunían: José María Sanz García, José Fradejas Lebrero, José del Corral Raya, y quien con atrevimiento estas líneas escribe. José María fue el primero en marcharse, año 2000; reciente, e inesperada, la marcha de Pepe Fradejas (diciembre 2010); ahora José del Corral. El último encuentro, allí, por donde los Agustinos Recoletos y el bueno de Ramón del Valle Inclán, un par de semanas antes de ingresar en centro hospitalario. Ya no se recuperaría. Con frecuencia nos acompañaba Milagros del Corral,  directora entonces de la Biblioteca Nacional, su hija. En ocasiones, en lugar de desayuno, había almuerzo. Y había también unanimidad en los otros tres: el lugar, donde Corral dispusiera. Así pude conocer lo más selecto de la restauración madrileña.

Corral fue miembro de la Academia de Gastronomía. Varios libros dedicó al tema; siempre con Madrid de fondo. Recuerdo, palabra por palabra, una llamada de Corral; era verano y me encontraba lejos de Madrid. La llamada era para comunicarme que su hija Milagros había aceptado ser la directora de la primera Biblioteca de España. Y Corral quería compartir su alegría. Antes, también en verano, otra llamada, aquella muy triste; me comunicaba el fallecimiento de su esposa.

Escritor prolífero, con varios centenares de publicaciones. De ello sabe mucho el Instituto de Estudios Madrileños y todas las editoriales, que, con exclusividad o sin exclusividad, han tratado la historia de nuestra ciudad. Un par de libros de Corral estuvieron en el ranking de los libros más vendidos; algo muy difícil tratándose de libros de historia. Supo compaginar rigor científico y amenidad. Sus conferencias siempre han sido garantía de éxito.  Con frecuencia se nos preguntaba: ¿hay alguna conferencia prevista de Don José? El título, la temática, no era lo importante. Todos sabíamos que escuchando a Corral no se perdía el tiempo. El Ayuntamiento de Madrid también lo sabía, por eso, en 1999, le nombrará Cronista Oficial de la Villa.

Cuando ya estaba cerca de los noventa años, se daría cuenta de que los cambios tecnológicos suprimían a los linotipistas y que la máquina de escribir había que reemplazarla por un ordenador. Era un reto, y él lo superó. Y doy fe de que no le fue fácil. Disciplinado, aceptó las exigencias y servidumbres de una máquina que parecía le planteaba batalla. Y Corral salió triunfante, y doblegó a la máquina, y aprendió a utilizar los e-mail, aunque al principio confundiera las direcciones. Hace unas semanas me pedía copia de un artículo suyo sobre las Ermitas en el Buen Retiro; tenía que revisarlo para ampliar el tema. Creo que no pudo concluirlo. Cuando le llevé lo que me había pedido, sus ojos se iluminaron con esa sonrisa suya, sincera, entre infantil y pícara, e inmediatamente sacó su pluma (por supuesto, estilográfica), y comprendí debía dejarle con sus papeles.

Algunos nos escudamos en la falta de tiempo; Corral siempre tenía tiempo. Parte del suyo, valiosísimo, lo dedicó a la Santa, Real y Pontificia Hermandad del Refugio y Piedad de esta Corte, poniendo su saber en el Archivo de entidad que había nacido en el año 1615. Pero su trabajo no se limitaba al de un erudito entre legajos e históricos documentos. Tiempo había para ayudar en el reparto de comidas a indigentes.

Gracias, querido amigo, por tu magisterio, y sobre todo, por tu amistad. A veces tengo la sensación de que me falla la comunicación con quienes ya se marcharon. Pero sé, que en estas horas, Corral ya ha tenido largas parrafadas (y seguro que sin problemas de oído) con José María Sanz, con Pepe Fradejas, y con mi Padre. Ya les habrá transmitido todos los cotilleos y lo que yo no supe decirles. Él ya lo habrá hecho.

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