Adolfo Suárez | Jueves 10 de febrero de 2011
Siempre he pensado que esa casa se merecía una buena historia, una de esas de leer de un tirón, de las que te tienen enganchado de la primera a la última página, de las que dice Ojazos que le cuesta despedirse. A veces me quedaba observándola desde la acera de enfrente. Es vieja, surcada de arrugas, sus terrazas en forma de grietas y en cada grieta un sueño que se quedó enganchado allí mientras dormían en ella. Tiene muchas grietas, así que quizás fueron mil sueños, o dos mil, o tres millones. Que alguien me enseñe a contar sueños.
Un amor imposible entre vecinos, sellado por miradas de rellano y de soslayo en la escalera. Envidias traicioneras entre el cuarto y el segundo por un quítame allá esas luces que no encienden. Cientos de pasiones en sus camas, de rutinas, de ya está la cena y quítame la mesa, plánchate la camisa y plánchatela tú si es que eres tan hombre, a mí no me hables así, yo te hablo como me sale de los ovarios... Y hay una maleta más en la puerta y un inquilino menos en la escalera, y doña Rosa aprenderá a vivir sola, y a enseñar a coser y a coser para la señora de la casa grande esquina Goya, hasta que la duelan los dedos de tanto intentar llenar la olla los días de diario y a invitar a sus hijos a una cañita (ella una clara con limón) los fines de semana.
Y está el chico del tercero, el que supo que le gustaban los hombres el mismo día que aquel policía de ojos imposibles le pidió el carnet en el portal y un beso en el descansillo, aunque eso significó que Conchita le viera y tuviera que irse a vivir porque su madre lo entendía, aunque no le pareciera bien, pero él nunca había soportado ver llorar a su madre. Y aquel chileno del último piso, que decía que había sido amigo de Neruda y secretario de Allende, y que doblaba las esquinas casi por arte de magia, porque decía que así se habían llevado a sus amigos, y que de cualquier esquina te podía venir un billete al Estadio. Y él podía tener alma de poeta, pero no de futbolista. Mil sueños, mil risas cada mes, un kilo de abrazos al día, más lágrimas de las una sola persona pudiera soportar, y por eso si alguien lloraba, parecían ponerse tristes todos. Todo esto es mentira, o verdad, no lo sé. Solo sé que sus arrugas me dicen que es viejo y que está cansado. Y quiero pensar que le ha merecido la pena pasarse por aquí.
Y pensar también que antes de que la derriben para hacer otro edificio, que vivirá de otra forma pero no tendrá terrazas y sí mucho cristal, con piscina cubierta, garaje y cámara en el portero, que volverá allí la pareja del segundo derecha, José y Carmina, y se pondrán como yo a mirar la que fue su casa de los sueños y de sus hijos, y se darán el último beso delante del portal, de esos apasionados que solo sabía dar el Cary Grant o a lo sumo Gary Cooper, y se lo dedicarán a las arrugas, que son las mismas que aparecen en su caras.
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