Javier Flores | Miércoles 05 de enero de 2011
Espero que la entrada de año haya sido buena para todos los lectores.
Un servidor acudió como invitado a la tradicional fiesta que cada año nuevo se organiza en el Country Club de Cochabamba, lugar de trasiego de personalidades y sede habitual de los principales acontecimientos de la alta sociedad cochabambina.
Evo Morales, que por primera vez ha visto como la alianza con sus votantes más fieles se tambaleaba y experimentaba momentos de inestabilidad en su gobierno, se convirtió en convidado inesperado de la noche. Estábamos siendo recibidos los invitados al pie de los vehículos mientras el Presidente Morales, que hasta el mismo día 31 de diciembre no sabía cómo argumentar las razones del "gasolinazo", dejaba sin efecto todas las medidas de su decreto y decía que "todo vuelve a la situación anterior".
Bolivia es cada día un país más ingobernable, en gran medida como consecuencia de un populismo absolutista que no sobrevive sin dinero para regalar y mantener la red tejida durante estos años por un Evo Morales que no encuentra cómo seguir financiando su cuento de la lechera. Por unas horas Evo emuló el estado de alerta español y puso a los militares a hacer de simbólicos transportistas con sus grandes camiones de color verde, ante la imposibilidad de miles de viajeros de regresar a sus casas por navidad como resultado del incremento de las tarifas.
La sensación entre los comensales era que el Presidente Morales cada vez hace menos, que el gobierno es cada vez menos gobierno y que, como en España, la crisis es política antes que económica, y que va a ser cada vez más crisis para una población entre cabreada y asustada. Ni siquiera aquellos que establecieron con Evo ese visceral lazo de hermanamiento que le llevó hasta el poder, indígenas, movimientos sociales y variopintos líderes locales, guardianes todos ellos del denominado proceso de cambio, mantuvieron la boca cerrada en esta ocasión. Incluso algunos partidarios muy representativos del oficialista Movimiento al Socialismo, MAS, empezaron a hablar prematuramente de reconsiderar las medidas, ante la presión de unas bases desatadas cuando vieron tocar sus bolsillos. Fue precisamente en algunos de sus bastiones electorales, como La Paz, El Alto y Cochabamba, donde más violentas fueron las reacciones al proceso inflacionario en los alimentos y transporte interurbano que prendió la mecha de la revuelta popular.
Hace tiempo que el problema de la economía boliviana, de su incipiente sector agroindustrial y de su achacoso sector de las materias primas, dejó de ser la competitividad. Ahora se trata de supervivencia. Ahora pretende Morales contar con una clara política económica para promover el desarrollo industrial que incentive las inversiones y la urgente generación de empleo que tanto necesita Bolivia.
Fue sin duda alguna una semana inolvidable para las miles de personas que quedaron atrapadas en otras ciudades ante la imposibilidad de pagar sus billetes de regreso a casa, o incluso sin "plata" para acudir al trabajo (por ejemplo el transporte público urbano en Cochabamba pasó en estos días de 1,50 Bolivianos a 3,00 Bolivianos, y es el único medio de muchos cochabambinos para acudir a su puesto de trabajo). La cena y fiesta de fin de año parecía más que nunca un lujo, teniendo en cuenta las largas colas en las tiendas de EMAPA(establecimientos oficiales de venta de alimentos de primera necesidad, principalmente arroz, harina y azúcar) para hacerse con alguna de las escasas mercancías necesarias para la cesta de la compra básica del boliviano más humilde, cada día más dependiente del improductivo sistema de subsidios establecido por el actual gobierno boliviano.
La reacción popular ha ganado en esta ocasión el pulso a la soberbia del gobierno bolivariano frente a la realidad. Solamente unas horas antes de dar marcha atrás, el Presidente Morales calificaba de traidores neoliberales a modo de insulto quienes le pedían rectificar.
Esas horas fueron posiblemente las más agitadas, pues a los disturbios y manifestaciones se sumaron unos rumores de corralito, con filas de cientos de personas apresuradas a sacar todo su dinero del banco, y otros de golpe de estado para el lunes siguiente, alimentados por la fuerte presencia militar en el centro de las principales ciudades.
El caso es que, al final, acorralado por la ola de protestas sociales, el presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo que escuchaba al pueblo y le obedecía y que por esa razón anulaba el alza de combustibles que había provocado por primera vez desde su llegada al poder, una movilización a gran escala de los bolivianos de todo color, clase y condición. Y vuelta a la situación anterior, es decir, correr apresuradamente al banco cada cierto tiempo a sacar todo el dinero que se pueda ante amenazas de corralito, o esperar colas de cientos de personas para comprar arroz, harina y azúcar. Así es en la Bolivia de Evo Morales para millones de personas.
Y así, comenzamos el año nuevo en Bolivia, retornando a la normalidad, por decir algo. Como si la actual Bolivia de Evo Morales tuviera algo de normalidad.
Javier Flores es promotor de Responsabilidad Social Ciudadana (RSCi)
TEMAS RELACIONADOS: