Javier Flores | Martes 28 de diciembre de 2010
Escribo estas líneas desde el vuelo que me lleva nuevamente a Sudamérica. Un vuelo repleto de gente chiquita y con ese hablar suave, "cantadito" como dicen ellos, tan característico, que regresan a casa por Navidad para visitar a su gente, indios y morochos, mestizos y criollos. Y nuevamente, me doy cuenta de que si alguien tiene derecho a buscar una oportunidad en España, además de mucha otra gente, son los inmigrantes hispanoamericanos.
Casi todos ellos vienen buscando un futuro mejor para su familia y para sí mismos, como ahora hacen muchos jóvenes españoles que se aventuran a encontrar un trabajo, que su país de nacimiento no les ofrece, en cualquiera de los destinos que Ryanair o Easyjet les ofrecen. Vienen donde les traen la lengua y la religión que les impusieron a sus antepasados, y lo hacen cargados de ilusión, con ganas de trabajar en lo que sea, armados del coraje suficiente como para dejar atrás lo más precioso que tienen, la familia, el papá y la mamá. Vienen con la determinación de quien no tiene nada que perder porque nada tienen.
Cuando llegan por primera vez, piensan que vienen a Europa, para muchos ideal de progreso, civilización, educación, cultura, democracia y valores. Pero se equivocan porque llegan como carne de cañón, para cargar en sus espaldas con los trabajos más duros y peor pagados de esta España que nada tiene que ver con lo que soñaron, una España con muy poca gana de currar, campeona de la demagogia y de la picaresca, en primera división de la burbuja de la especulación, una España desconfiada porque piensa que todos son de su condición pero que en el fondo no desea que el inmigrante se españolice y se espabile como han hecho muchos líderes sudamericanos de poncho y jersey a rayas, herederos de nuestra mejor tradición de la corrupción y el desmantelamiento de lo común, que explotan a su propia gente hasta empujar a muchos a la emigración.
Mientras que la mayor parte de los españoles no percibe que en España se produzca discriminación por factores como la religión, la condición sexual o la edad, más de la mitad reconoce que en España sí se produce discriminación por razones étnicas o raciales. Un dato que nos indica que hay mucho por hacer si no queremos que el fracaso de la gestión del fenómeno migratorio aderezado con la actual situación de crisis pueda poner en jaque derechos que nadie cuestionaba hace unos años, pero que el populismo y la proximidad de elecciones pondrán sin duda sobre la mesa, como hemos podido comprobar recientemente en Cataluña.
Así que pronto sonarán los discursos fáciles y el ataque a los más débiles, de los que diremos que vienen para ponerse hasta las trancas de alcohol en nuestros parques mientras le damos la paga a nuestros jóvenes para que se paguen el botellón, unos jóvenes cuyos abuelos viajaron a Suiza, Alemania, Francia y Sudamérica y que ahora empiezan a pensar en Reino Unido, Estados Unidos o al norte de los Pirineos. No hay más que ver quiénes empujan las sillas de ruedas de nuestros enfermos y dependientes, quiénes acompañan a nuestros mayores para que no lo hagamos nosotros a cambio de un dinero que resulta poco para las españolas pero que permite a cientos de miles de inmigrantes incluso enviar dinero a sus casas a miles de kilómetros y ayudar a familias enteras.
Los datos cuantitativos son claros y dicen que los inmigrantes, frente al tópico de la charla de caña o café, consumen asistencia sanitaria y educación de un modo responsable y prudente, del mismo modo que el resto de servicios públicos. Todos los análisis rigurosos que se publican anualmente están repletos de argumentos para aclarar la vista a los que están abonados a ver la vida en negro, esos que apelan a la sangre y a la tierra al tiempo que olvidan que nuestros antepasados vinieron del continente africano y eran tan negros y enclenques como esos desheredados que vemos cada verano llegar a nuestras playas con los ojos hundidos por la deshidratación y el hambre y las manos y labios cubiertos de ampollas por la sal y el sol atlántico.
Así era la abuela Lucy, la abuela de todos nosotros: negra y menuda.
Javier Flores es promotor de Responsabilidad Social Ciudadana (RSCi)
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