Social

De la cárcel a la calle

En Madrid viven unos 1.800 'sin techo'

Lucía de la Fuente | Martes 04 de enero de 2011
Agustín Folgado (Madrid, 1946) no ha tenido una vida fácil. Los 30 años que vivió en prisión no le permitieron formar familia ni conseguir estabilidad económica. Desde que salió "a la calle", a los 59, vive vagando por España, "disfrutando de la libertad". Ahora se ha asentado en el Juan Luis Vives, un albergue municipal para indigentes ubicado en el distrito de Vicálvaro. Madridiario le cuenta su historia.

"Imagínate el miedo que siento cuando se riega el lugar donde estoy durmiendo o cuando recibo patadas en el cartón donde me resguardo del frío. Un miedo similar al que vosotros sentís cuando me acerco o me veis durmiendo en un cajero. Un miedo recíproco, un igual sentir basado solo en la diferencia de tener hogar o no tenerlo". Estas palabras fueron leídas por Agustín el pasado 30 de noviembre. Forman parte del manifiesto del día de las personas sin hogar elaborado por la Federación de Asociaciones de Centros para Integración y Ayuda a Marginados (FACIAM), Cáritas y la Federación de Entidades de apoyo a las Personas sin Hogar (FEPSH).

En Madrid hay, según el último recuento municipal, unos 1.800 ‘sin techo’. Son personas que, por circunstancias de la vida, se ven obligados a vivir en la calle y enfrentarse a la exclusión social. Agustín era, hasta hace bien poco, uno de ellos. “Gracias a una trabajadora social he conseguido plaza fija en el albergue Juan Luis Vives y estoy contentísimo porque es un lugar excepcional”, afirma entre sorbos de café durante una charla mantenida en el bar ‘El Brillante’ de Atocha.

Su historia completa no tiene desperdicio. Original del barrio de Ventas, nos cuenta que mientras nacía, su madre murió y señala esa desgracia como el origen de sus problemas: “Te juro que a mí no me ha podido ocurrir nada en la vida peor que no haber conocido a mi madre”. Su padre se casó con otra mujer y él creció con sus abuelos. “Eran honrados y honestos y querían que estudiara, pero yo no quise. Y en los 60 empecé a delinquir. Era los que se decía entonces un rebelde social”, relata con voz ronca porque tiene “una enfermedad pulmonar”.

Después llegaron las condenas. Primero seis años, después catorce y por último diez. Quiere dejar claro que siempre fueron “delitos contra la propiedad”. “Yo no he matado a nadie y en la cárcel he visto asesinos que cumplen solo 18 años. Eso me hace llegar a la conclusión de que a los políticos y a los legisladores lo que más les duele es que les toquen en bolsillo”, bromea. Ha pasado por muchas prisiones y confiesa que “la peor y más dura de todas fue la del Puerto de Santa María”.

Hace seis años recuperó su libertad. Sin casa donde ir –sus abuelos ya habían fallecido y su único familiar directo era una tía mayor- decidió buscar trabajo. Y dice que lo encontró en una empresa de construcción que al poco tiempo se fue a la quiebra. Fue entonces cuando empezó a viajar por la geografía española. Con lo puesto y sin dinero visitó ciudades como Santander o Bilbao. “Me fui moviendo de albergue en albergue y estaba tres o cuatro días, dependiendo de lo que te dejaran y de si había plazas o no”. Las noches que no había plaza no quedaba otra que dormir en la calle. “Aunque yo siempre he intentado irme a las urgencias de un hospital o algo así para protegerme del frío”, asegura Agustín. “Dormir en la calle es durísimo, te cambia por completo”, añade.

Dice que "nunca" se ha sentido rechazado, aunque reconoce que tiene compañeros que sí lo han sido. "Yo creo que lo que más influye es la suciedad. Yo no voy en traje, pero procuro ir limpio y nadie me dice nada. Sin embargo tengo compañeros a los que han echado al entrar a un bar, aunque fueran a pagar", comenta. "Eso no se puede consentir, no es normal", denuncia, aunque reconoce que "hay gente que se deja mucho y hasta cierto punto es comprensible que den miedo".

Después de su andadura por España, Agustín volvió a Madrid. Solicitó la Renta Mínima de Inserción (RMI) -una ayuda social constituida como derecho subjetivo que garantiza ingresos mínimos a personas sin recursos- y conoció a una trabajadora social que le ayudó "muchísimo" hasta conseguirle la plaza fija en el albergue. "Me ha dicho que a partir del 9 de febrero del año que viene, día en que cumplo 65 años, me podrá buscar una residencia", afirma contento.

Habla maravillas del albergue, que desde el pasado verano acoge además a muchos de los residentes del centro de acogida San Isidro -cerrado por obras-, aunque se queja de que está mal comunicado: "Solo llega un autobús -el T-23- que va hasta la Puerta de Arganda. Los fines de semana y días de fiesta solo hay tres en todo el día". Por lo demás, a Agustín no parece importarle el hecho de que el centro de acogida esté situado en un polígono industrial rodeado de tres cementeras. "En la vida hay que ser agradecido", manifiesta.

Agustín encara la vida con un optimismo que sorprende. Se siente orgulloso de "no deberle nada a nadie". Dice que le gusta jugar al parchís, a la pelota vasca y ver corridas de toros. Está lleno de vida. Su historia es solamente una de las de miles de 'sin techo' que vagan y han vagado por las calles de Madrid.